“Si busca usted lo suficiente, encontrará la Ciudad de la Imaginación”.
La señora suelta esta frase al bajar del autobús que desde Guatemala llega a la ciudad de Quetzaltenango, en la región occidental del país, a eso de las once de la mañana. En la mirada tiene cierto desdén, y en los labios, el sarcasmo. Luego de cuatro horas de viaje, le he confesado que soy periodista, y ella, por cuenta propia, desde su fuero interno, sabe que ha hablado de más durante todo el recorrido. En efecto, nunca guardó silencio y ahora conozco, por ejemplo, que ella es –como ha dicho–, madre de “un poeta maldito, desconocido, oriundo de Quetzaltenango”. De su ciudad dice tener un orgullo grande; “allí suceden muchas cosas culturales”, comenta. “Cada año las calles de la ciudad son tomadas por poetas, artistas, dramaturgos, cineastas... hay muchos festivales”, agrega. Aun con ello, las nuevas formas de arte (contemporáneo) son extrañas para la señora y se le antojan a “tontería”. “No las entiendo”, recalca. Y si lee un libro, quiere que tenga un final feliz: “Que no hable de drogadictos, por favor”.
Ella, que no dice ni dirá nunca su nombre, nació hace poco más de 50 años en Xelajú (nombre maya de Quetzaltenango): “la cuna de la cultura”, indica, “la segunda ciudad más importante de Guatemala”, “El Sexto Estado de los Altos”, entre otras cosas de ese tipo. Tal parece que siempre habrá otro nombre para referirse a Quetzaltenango.
“¿Cómo puedo llegar a la Ciudad de la Imaginación?”, pregunto a la señora al entrar en la estación de autobuses.
“No diré nada más”, responde, toma su maleta y, sonrojada, se aleja en una de las calles aledañas de la terminal.
Hoy hace frío en esta ciudad ubicada a 2360 metros sobre el nivel del mar. Algunos de los recién llegados sacan sus abrigos. La gente en la estación de autobuses charla sobre la escarcha que apareció esta madrugada en los vidrios de los automóviles. En medio de la cháchara del clima, pregunto a un guardia de seguridad si en su vida ha escuchado sobre algo llamado “la Ciudad de la Imaginación”. La respuesta del guardia es negativa.
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Dicen que la Ciudad de la Imaginación tiene una de sus embajadas ubicada en Quetzaltenango. Para encontrarla, la gente que sabe, indica que hay que partir desde el Parque Central, de nombre Centroamérica, curiosamente ubicado sobre una pendiente; adentrarse luego por una de las calles cercanas (la 3a.) hasta llegar a una casa antigua que fue transportada en barco desde Europa hace más de 80 años. Unos metros más adelante (en la 15 avenida) de modo casi surreal, la sede de la embajada de la Ciudad de la Imaginación es anunciada en un cartel desde la fachada de una casa que funciona como centro cultural, café y base de comercio comunitario autosostenible (R.E.D./Desgua).
Al principio, no hay nada de extraordinario al entrar en la embajada. La residencia es conocida como La Botica Cultural, funciona desde hace un año, y su interior sirve como cuartel central para 5 de los más notables festivales culturales de Quetzaltenango: El Festival Internacional de Poesía, El Gran Teatrito, Cinespacio, La Llorona S.A. y el festival del Abzurdo.
Respectivamente, cinco son los colectivos encargados de llevar a cabo estos eventos; cada uno, aun congregado en esta dependencia, mantiene su autonomía.
“La Ciudad de la Imaginación fue creada para deliberar cómo pensamos y soñamos Quetzaltenango”, dice Branly López, uno de los gestores culturales responsables de la existencia de este “colectivo de colectivos”.
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Metáfora es uno de los grupos que lleva el festival anual internacional más antiguo que existe en Quetzaltenango. En el año 2002, el poeta salvadoreño Otoniel Guevara visitó Xelajú en busca de escritores contemporáneos. Llegaba a la ciudad con sus greñas largas, su porte amplio y un puñado de versos en el que la poesía se desarrollaba como un acto de protesta. Lo que encontró a primera vista fue una ciudad con una escena cultural conservadora, con poetas tradicionales que consuetudinariamente participaban (aún hoy lo hacen) en un concurso local de literatura. Diferente, la propuesta de Guevara fue atendida por varios jóvenes de Xelajú. La poesía debía cambiar, atreverse un poco más, tener más conciencia de contexto, menos tapujos morales. “Así se creó el primer colectivo de poesía bajo el nombre de Grupo Ritual”, dice Marvin García, director del actual Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango: “Antes de que todo el boom de colectivos surgiera en Xela, antes de todo, la poesía estaba abriendo una brecha importante desde visiones más contemporáneas”.
García mira bajo los reflejos de sus lentes de marco grueso color negro, se inclina un poco y comenta el modo en que Metáfora apoya la visibilidad de la poesía.
Sucedió un día de 2003, en el interior del Teatro Municipal de Quetzaltenango. Las luces enfocaron por al menos dos horas el escenario donde varias voces, por primera vez, leían poesía. “Si eres capaz de construir una atención utilizando únicamente la palabra poética, has creado algo importante”, dice Marvin. Esa noche se había creado uno de los festivales más grandes de poesía en la región de Centroamérica.
Hace 7 años de ese acontecimiento. El festival ha crecido, ha sido testigo de cómo se han integrado nuevos movimientos culturales a la ciudad.
Año con año, en el frontispicio del Teatro Municipal, se coloca un sofá, los micrófonos, las bocinas y la poesía se instala en la calle, a oídos de todos. “Lo atractivo del festival radica en tener varias voces (de todo el mundo) participando; el público se identifica con ciertas voces específicas y busca una temática, un poeta, una forma de lectura. Nuestra política es el cambio de pensamiento y generar criterio en las personas. La toma de conciencia histórica, de contexto, puede ser transmitida a través de la poesía y el arte”, indica Marvin.
Hoy Metáfora también es un habitante más en la Ciudad de la Imaginación. Pensando en una ciudad diferente, han dedicado el evento a poetas de impacto, como el caso de Otto René Castillo, Francisco Morales Santos, Luis Alfredo Arango o Isabel de los Ángeles Ruano. “Este año, guardamos silencio”, indican. Un festival “sin nombre” servirá de homenaje al desparecido escritor y poeta Luis de Lión.
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Establecido el más grande festival de poesía y único internacional de Guatemala, otros grupos y asociaciones también fueron emergiendo. Colectivos interesados en promover responsablemente actividades culturales han aparecido a lo largo y ancho de la ciudad de Xelajú desde hace 10 años. Teatro, performance, cine y política alternativa son parte de los ejes que sostienen y han confluido a través de los años en la Ciudad de la Imaginación.
No obstante, el punto de partida para que suceda todo en esta modalidad de festivales anuales se ubica remontando la historia hasta hace 3 años.
Ubicados allí, aparece el nombre Casa No’j, un proyecto cultural que partió de “entender el pensamiento del quetzalteco, entender la realidad del municipio por medio de la mística, la filosofía, la historia y la política, y así poder establecer un centro de análisis desde la cultura”, menciona Branly López.
Casa No’j hoy no es lo mismo. Fue absorbido por autoridades municipales, se disminuyó su poder ciudadano, y dejó de tener propuestas de arte con enfoque contemporáneo. Los colectivos se reunían allí, pero luego de los trámites institucionales debieron migrar de Xelajú a otra ciudad: a la Ciudad de la Imaginación.
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A eso de las cinco de la tarde del día de llegada, Quetzaltenango está soleado. El clima ha mejorado de modo considerable. A esa hora, Pablo Ramírez, encargado del festival Abzurdo establece el lugar de entrevista en un café cercano al Parque Central.
“Nuestra propuesta se enfoca en crear una agenda cultural como camino a la anormalidad. Este festival es un evento de arte y pensamiento político, en el cual se utilizan las artes visuales y el arte urbano como herramientas para buscar esa transición a la anormalidad”. Ramírez defiende así la particular forma de crear política alternativa, “una que es capaz de crear vida, de comunicar transformación”.
Del año recién pasado se tienen registros de la segunda edición del Abzurdo que giraba en torno a las sexualidades diversas. Performances, instalaciones y talleres reflexionaban sobre el tema. Miss Gay Nacional Guatemala 2010 pronunció un emotivo discurso durante la clausura celebrada en el Parque Central, frente a una multitud convocada desde los barrios. “Xela es conservadora en ese sentido, pero caló algo extraño en los espectadores. Preguntaban, querían informarse más sobre el tema”, recuerda Ramírez. “De eso se trata, de proponer algo distinto y luego ver lo que sucede. Somos responsables de la construcción de un mensaje”, agrega.
El primer festival Abzurdo se celebró en 2009 bajo el lema de “ciudadanía”. Su próxima edición, a realizarse en julio de 2011, orbitará sobre “el ejercicio del espacio público y la relación del ciudadano dentro de lo Abzurdo, capaz de crear lógica e intencionalidad”.
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“Imaginar a todos los colectivos unidos no es una idea nueva”. De regreso a la embajada de la Ciudad de la Imaginación, en el interior de la Botica Cultural, platico con Ernesto Pacheco, director del festival La Llorona S.A. “Desde hace 10 años se tuvo la primera intención de juntarlos a todos y trabajar una red de colectivos en una asociación llamada El Hormiguero”, dice.
La Llorona S.A. nació así hace una década, al menos como idea. Se concretó y llevó a cabo finalmente 2 años atrás. Pacheco dice que en principio se trataba de un festival de performance latinoamericano. “El único requisito era abordar una leyenda latinoamericana y presentarla como una acción”. Lo cierto es que sin mayor base teórica, durante el primer evento, las presentaciones (en base a las leyendas) transitaron más a la noción y dinámicas del teatro.
“Era una cuestión de aprendizaje, de ver cómo funcionaba la propuesta. Desde el año pasado, los conceptos de performance están mejor aterrizados”.
Pacheco es el más inquieto de los gestores culturales. “Explorar lo que pueda surgir de una propuesta es más significativo para mí”, dice. Este pragmatismo lo trae desde cuando fundó, junto a Pablo Ramírez y Andrés Rodríguez, el movimiento Emergente 16-4, un semillero para los actuales protagonistas de los distintos festivales.
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El miércoles 14 de octubre de 2009, durante la noche, en el Parque Central de Totonicapán apareció una manta blanca gigantesca. Se trataba de una proyección cinematográfica. Un acontecimiento que pocas veces sucede en un pueblo como éste.
La película presentada aquella noche tenía por título Juanjpu y Luna, la estrenaba el director Alejo Crisóstomo como parte de uno de los festivales que se realizan en Quetzaltenango desde hace 4 años bajo el nombre de Cinespacio. El largometraje hablaba subrepticiamente de los derechos del niño, de ir a la escuela y de la explotación infantil. Entre el público, niños-lustradores, niños-vendedores, niños-trabajadores prestaban atención a los mensajes y comentaban entre ellos su particular situación y sus derechos como niños.
“El Cinespacio inició para acercar el cine a la gente, proponerles una comunicación distinta en su entorno. Lo más importante del evento no es la muestra en sí, sino los talleres y conversatorios que logran motivar a nuevos realizadores con el simple hecho de discutir y plantear ideas”, explica el productor, gestor y cineasta Andrés Rodríguez. Entre las producciones que presenta –más de 30 anuales– se puede categorizar la ficción, el cine experimental, los documentales, el reportaje, la animación y spots culturales.
Cinespacio fue creado en 2007, en Quetzaltenango. A partir de entonces ha tenido un importante crecimiento y, al igual que los otros festivales existentes dentro de la Ciudad de la Imaginación, apuesta por su descentralización, llegar a más lugares de la región occidental de Guatemala.
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En Xelajú existe un barrio donde siete casas y siete calles se unen en un pequeño espacio a manera de plaza, para formar siete esquinas. El lugar, como cuentan los quetzaltecos, no sin antes advertir que no te asomes por ahí, es famoso por la inseguridad y su mística antigüedad (“acá espanta La Llorona”). En esta misma zona, Armadillo Teatro Títeres montó un escenario a inicios de diciembre pasado. Dos obras se presentaron, allí, en la calle, como parte de la agenda del Festival Gran Teatrito. “Cualquier espacio se puede convertir en un escenario”; es la tesis de este festival dirigido por Guillermo Santillana.
“Al crear estos escenarios, la interactividad con el público que se crea desde el teatro de forma espontánea es uno de los objetivos centrales. Si la gente no va al teatro, el teatro irá a buscar a la gente”, dice Sergio Marroquín, uno de los organizadores de este evento que, usando todas las disciplinas escénicas, se celebra a inicios de cada diciembre desde hace 4 años.
Sergio recuerda el día que llevaron el Gran Teatrito fuera de la ciudad de Quetzaltenango, en Totonicapán: “Ocultos tras el teatrino, no ves al público, apuestas todo por la obra, por tu voz, por los títeres. En cuanto terminamos y nos asomamos fuera de la cortina –Sergio quiebra la voz al decirlo–, no podíamos creer la cantidad de gente que había”. “Estimulábamos la imaginación de tanta gente, de tantos niños. El arte es el camino de la imaginación”, agrega.
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A un año de haber institucionalizado la Ciudad de la Imaginación, los colectivos aún se replantean y se reinventan a partir de sus propuestas iniciales. Días antes de mi llegada a Quetzaltenango, los directores de cada festival –Marvin García, Ernesto Pacheco, Guillermo Santillana, Pablo Ramírez y Andrés Rodríguez– se reunieron en la embajada de la Ciudad de la Imaginación; su charla abarcó delicados aspectos, desde entenderse dentro de su contexto como replantearse los propósitos de su actividad.
“Estamos olvidando el sentido fundamental de la cultura y del quehacer cultural: cultura como encuentro, como convivencia”, reflexionaban en aquella oportunidad.
Su apuesta desde entonces se ha volcado a la convocatoria de los ciudadanos, de los barrios y habitantes de la región occidental de Guatemala. La cultura la definen como “El acto de entender e intervenir modos de vida diferenciales y transitorios en constante relación para generar posibilidades sociales, económicas, ambientales, místicas y políticas”. Piensan así, otro tipo de realidad mientras se dedican a “encantar conciencias”, “crear una plataforma para el desarrollo cultural”, y “plantear la participación ciudadana”. Suponen así esta ciudad, donde el frío, las arquitecturas coloniales y alguna que otra brecha generacional, epatan existencias y contextos. Donde el “plan”, “en busca de imaginación”, está por cobrar mayor notoriedad.
Única nota periodística publicada sobre GG Allin en un diario de Latinoamérica (elAcordeón)
Cada generación tiene una persona que refleja a la sociedad de modo poco convencional. A veces parecen irreales, o lo suficientemente trasgresores que incluso no encajan en ningún lugar. GG Allin ha sido ignorado por documentalistas y cronistas de la música mientras trata de ocupar su verdadera posición en la historia del punk.
Por: Oswaldo J. Hernández
He aquí un ángel del Señor apareció entre sueños y le dijo a Merle Colby Allin: “no desconfíes del hijo que mora en el vientre de tú joven esposa, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es…; y llevará por nombre Jesus Christ Allin y será un hombre grande, muy poderoso, pues en sus venas corre la sangre del Mesías”. Y Aconteció así –a mediados de los años cincuenta, en Lancaster, New Hampshire (EE.UU.)– la condenada concepción de una de las leyendas más importantes del punk duro y poco conocido de la escena norteamericana: GG Allin (1956-1993).
Anticipadamente se despidió de este mundo ante un ingente grupo de fans que esperaban ansiosos la promesa punk e irreverente de este músico: se suicidaría, en cualquier momento, durante una de sus presentaciones.
Quien haya consumido la experiencia extrema de salir medio ileso de uno de sus shows, realmente tenía mucha fe en sus palabras. Sin embargo, murió exactamente hace 16 años, un 28 de junio por una sobredosis. Es ahora que parvadas de adolescentes se acercan a contemplarlo por internet para descubrir una auténtica postura contra el Sistema y la vida de alguien que encontró en la música una forma de sobrellevar el descontento generalizado por la sociedad y sus imposiciones convencionales.
El Under en perímetro del Undreground
Un poco antes de que el punk entero se fuera filosóficamente al traste, una década anterior a que el mercadológico cerebrito de Marilyn Manson comprendiera el morbo expectante de los consumidores del rock en su plataforma ‘mass media’; antes, en plena efervescencia del sin sentido de la época posmoderna y cada uno de sus síntomas psicosociales, tecnológicos e informáticos de consumo, la circunstancia menos vista del punk a finales de los setenta se regocijaba con la más cruda de las escatologías performáticas. GG Allin, descrito infinitas veces como el estereotipo del psicópata trastornado, cargaría voluntaria y terapéuticamente en sus espaldas con la inconformidad de toda una generación de rechazados, de auténticos marginados.
Como un mártir más bien al estilo ‘One Army Men’, GG Allin sería ignorado incluso del ‘mainstream’ de aquella escena punk comercial de los setentas y ochentas que ahora distintas cadenas musicales de televisión venden en DVD dentro de un marco documentalista para un target de adolescentes en todo el globo. “Digamos que la visión del punk debía tener aquellos indicios de insolencia, inconformidad y crítica social desde una agresividad pasiva, aceptable en cierta estructura enfocada únicamente en las trasgresiones estéticas. Digamos que plantearlo de forma radical y directamente confrontada con la sociedad era demasiado incluso para la propia escena”, confirma recientemente en una entrevista Marlin Allin Jr., el hermano mayor de GG Allin y bajista que lo acompañó en bandas como MalPractice, The AIDS Brigade y la más duradera de todas The Murder Junkies.
Y sí, un acto de GG Allin retomaba esa línea neurótica que presentaban ante el público artistas como Hank Williams, The New York Dolls o bien un Iggy Pop en sus primeras incursiones con los Stooges, con la diferencia de llevarlo a los extremos…
“Cero teatralidad, nada. Mi mente es una ametralladora, mi cuerpo son las balas y mi blanco perfecto es la audiencia”, dijo en más de una ocasión Allin para traducir sus presentaciones en las que terminaba sangrando por cada golpe autoinfringido, uno tras otro, en su cráneo con el micrófono, o pelear en el escenario con más de dos o tres de sus fans –en 1992, 16 punks se abalanzaron sobre él partiéndole el cúbito y el radio en tres partes–. La velocidad de tres acordes y el pac-pac-pac-pac acelerado de la batería discurrían un telón del que emergía poco a poco el paroxismo.
Allin a la defensiva reconocía una lejana, muy lejana influencia del accionismo vienés de los años sesenta y lo introducía substancialmente en el punk, en su público, en su acto performático.
“Demasiado impactante para convertirse en un lugar común”, reseña el periodista y biógrafo autorizado de GG Allin, Joe Coughlin, a la espera del interés por parte de una editorial respetable que examine su trabajo. Cosa que tiene complejidad. “Difícil de creer que algo como Allin fuese verdadero. Más de una revista de rock duro estipuló que Allin no existía y entonces, cuando las fotos de sus performances llegaban a sus salas de redacción se veían forzadas a comerse sus palabras”, resiste Coughlin.
Y es que por más que se quiera tolerar, un personaje como Allin sacude, agita incluso póstumamente. Fotos, videos y documentales esparcidos en la red evidencian la honestidad y lo abyecto de su personalidad. “¡I’m for real!”, refutaría sin vacilar como lo hizo en tantas entrevistas. Y tal realidad era, en todo caso, extrema. Sus presentaciones emulaban un campo de batalla. Tocaba en bares cuyos dueños arriesgaban su patente de comercio con tan solo tenerlo allí, respirando. Ya hemos hablado de sus triviales ataques de furia contra sí mismo, no obstante, sus shows incluían desnudez, mutilaciones en su cuerpo y, más importante aunque temporal, una amenaza verdadera, íntima y frontal para la sociedad de confort. Al final, la policía siempre estaba presente. El punk sólo fue el soporte adecuado para decantar sus ideas. “Soy un escupitajo, un sincero y espontáneo sarcasmo hacia la hipócrita y deshumanizada sociedad en que vivimos –declaró en un popular show de entrevistas de los años ochenta–. La sociedad es una gran broma y la única manera de enfrentarse a ella es siendo una broma más grande, nauseabunda, amoral y desagradable, pero sincera”.
Ajetreados años, en los setenta el punk estaba en efervescencia. Se declaraban cosas como “si Johnny Rotten es la voz del punk, entonces Sid Vicious es la actitud”.
Eran frases usadas por Malcolm McLaren, el productor británico y situacionista, que saltó a la fama al desempeñar el papel de agente-niñera (incluso oportunista) del famoso grupo de la primera oleada de punk: Sex Pistols.
“Diletante y sin talento, la figura de Sid Vicious pasó a incrustarse en el imaginario como el estigma del punk por excelencia. Estábamos hartos de la escena entera del rock & roll y la mierda corporativa vendiendo. Queríamos mantener la integridad del punk…”, explica el hermano mayor de GG, Merle Jr., justificándose.
En vida, Allín mantuvo una postura marginal. Obnubilado por el mercado que nunca lo aceptaría: “era el under al margen del Underground, pero con una actitud más desafiante”, apunta Joe Coughlin.
No obstante, hay recopilaciones de sus acciones “en contra del sistema”. Tod Phillips, director interesante a través de sus ejercicios documentales de los años noventa, se dio a la tarea de vivir al límite e irse de gira con la banda de GG Allin en 1992. El resultado, un perturbador como inusitado registro gráfico titulado ‘Hated: GG Allin and The Murder Junkies’. Allí resalta la evidente existencia de GG Allin como superviviente al apogeo del punk. Conocemos también que The Murder Junkies era un conjunto de acompañamiento efectivo, nada mediocre, siempre en la línea del punk. Un ‘frontman’ como GG Allin en la faz del escenario, contra todo: escurriendo sangre y escatología, insertándose un micrófono en el trasero, y la atmósfera punk de sus conciertos recargándose de bizarras energías. Una nota interesante prologa e ilustra el documental: “GG Allin es un artista con un mensaje para una sociedad enferma. Es capaz de proyectarnos tal y como somos. El ser humano es tan solo un animal que habla y se expresa libremente. No se equivoquen, detrás de lo que él hace hay un cerebro”; ¿firma?, nada más y nada menos que John Wayne Gacy, el asesino en serie conocido como ‘Pogo’. GG Allin lo visitó varias veces, no por casualidad, sino por su afinidad de encontrarse en la misma jurisdicción de correccionales. GG había sido acusado de violar a una de las grupies que lo asediaban durante la gira, en Michigan. En su fichaje de ingreso, su IQ dio más alto que el promedio. “No sé si GG nació así, o si la sociedad lo creo necesariamente. Su banda, sus fans, son excepcionales. Ellos representan la parte de Norteamérica que muchos prefieren pensar que no existe. La alienación como minoría había encontrado desesperadamente una voz en el punk, algo capaz de unir y producir una estructura funcional, muy al margen”, subraya Phillips casi al final del documental.
Caos involuntario
GG Allin vino al mundo en un hogar de raíces profundamente cristianas. Fue bautizado como Jesus Christ Allin. Su hermano Merle Jr., dos años mayor, al no pronunciar bien su nombre lo renombraría para siempre como “gi-gi” (GG). Ascético, Merle Colby Allin Sr., mantenía una familia desde un arribismo religioso. Sin agua, sin electricidad, los pequeños Allin estaban acostumbrados a aceptar los violentos episodios familiares. “La violencia es un rol social”, arquetipizaba GG en una de sus canciones. Desde pequeño fue obligado a cavar literalmente la metáfora de su tumba. Bajo amenazas de suicidio, existen registros de cómo Merle Allin Sr. obligó a su esposa y sus dos hijos a perforar el sótano de su vivienda y presentarles el lugar donde ellos serían enterrados.
Poco antes de que GG entrara al preescolar, su madre, Arleta Gunther, en un arrebato de cólera –un lapso de lucidez–, decide abandonar a su religioso esposo y llevarse al retoño de una problemática relación, no sin antes cambiarle legalmente el nombre por Kevin Michael Allin “para no crearle un trauma mayor”, dijo a un noticiario. Hasta entonces GG descubriría la electricidad, la radio, la música, su escape.
Su último concierto, el 28 de junio de 1993 –como tantos otros– estuvo compuesto de dos temas nada más. La policía fue alertada. El dueño del local no deseaba continuar. El público comenzaría a transformar en una zona de guerra las calles aledañas del Gas Station Club en Nueva York, un ‘riot action’ que GG comandaría involuntariamente. Luego de correr algunas calles y dejar radiopatrullas, ambulancias y sobresaltos, GG sería rescatado por un grupo de fans a bordo de un taxi. Moriría esa misma noche por una sobredosis de heroína.
Dejó un legado de bandas como MalPractice, The Jabbers, Cedar Sluts streets, Scumfucs, Texas Nazis, The AIDS Brigade, The Murder Junkies… Catalizador del caos, discográficas independientes apoyaron su lanzamiento con más de 25 LP’s y casetes. ‘Hated in the Nation’, ‘Legalize Murder’ o ‘War in my head’ están siendo remasterizados por Orange Records y Alive Records para su publicación en CD y en formato digital.
Lo que sucedía aquella Noche Buena era una locura extraordinaria. Uno veía la tele, los noticiarios, y todos –eso a lo que le dicen raza humana– estaban jodidamente preparados. Si salías a la calle, el espectáculo era maravilloso. Veías los tanques, los helicópteros, las armas, los misiles, las granadas, los soldados, la gente gritando como loca; niños huérfanos acá y por allá. Demencia, eso era lo que documentaban las pantallas. Y así de mal andaban las cosas. En principio, pues, nadie se lo esperaba. La aparición había tomado al mundo entero por sorpresa. Y la sorpresa se debe tomar siempre con desesperación, o no puedes ya con nada.
La idea era actuar sin calma. La idea era hacerlo contagioso. Había gente, por ejemplo, bien inquieta con un palo en la mano que se quedaba viendo hacia el cielo con un gesto de estar buscando algo en algún punto inexplicable. Había quienes eran más sofisticados y prudentes, tenían machetes o cuchillos bien afilados, y se parapetaban, y no salían, y no comían, y se asomaban en muy raras ocasiones a la faz de las calles, y veían al cielo, y creían las noticias, y se asustaban, y, entonces, se desesperaban viendo hacia todas partes, y se volvían a ocultar.
Como se sabe, para estas situaciones –para funcionar de este modo–, lo principal también es tener mucha fe. Y cuando se tiene tanta fe y acontece todo eso en lo que se cree (aun con la ausencia de las evidencias), lo habitual es empezar a sustituir la fe por otra cosa. En ese sentido, un palo o una granada no sonaban del todo mal.
La humanidad estaba así toda armando conjeturas. La primera suposición vino desde la aparición de un video casero en alta definición. Había sido filmado en un pueblito de Alaska, unos meses atrás a toda la locura de la Navidad. Era apenas junio (o julio) cuando un tal Nanuk Vakulinchuk, esquimal con ascendencia rusa, captó en video la nueva instalación de una jardinera un poco absurda en la fachada de su residencia; allí reía Vakulinchuk de pura felicidad, y luego, dejaba la cámara puesta en un trípode. Entonces sucedía: sobre la casa de Vakulinchuk estaba esta figura humanoide, un poco obesa, moviéndose, olfateando, examinando la chimenea de la casa. La silueta –se alcanzaba a distinguir– tenía el traje de Santa puesto en pleno junio (o julio) y eso, en definitiva, no era normal, sobre todo porque luego la figura se daba cuenta de la cámara, y acto seguido, se lanzaba al patio trasero de Vakulinchuk, un reno salía entonces en todo el encuadre estorbando la posibilidad de cualquier continuidad.
El video le dio la vuelta al mundo. Habían avistado a Santa en plena acción. Santa existía. Era algo real, en video, pero real. O al menos eso parecía.
Se generaban ya grandes debates en todos lados sobre la credibilidad del video cuando sucedió la oleada. Era agosto (u octubre) y el tipo disfrazado de Santa volvió a aparecer. Esta vez fue en Suiza. También en Japón. Luego fue el turno para Argentina. Y por último, algo tan insólito como ver un trineo de Santa volando en pleno Brasil. Este video era el más borroso de todos, pero el único donde se tenía registrada la existencia de un trineo volador (los renos no se alcanzaban a distinguir).
Además, todos los Santas parecían ser el mismo Santa. La misma complexión, el mismo lenguaje corporal. Esa era la síntesis de los analistas dedicados a estos videos. Son iguales, decían.
La gente de todas las latitudes estaba atenta al extraño fenómeno. Se acercaba diciembre y se contabilizaban por lo menos 765 avistamientos. De estos una gran cantidad tenía una buena resolución. El Santa de Noruega era el más contundente. Salía riendo y por una cuestión afortunada de ángulos de cámara se distinguían los rasgos de un anciano. En Sudáfrica, un niño (mocos y llanto) filmó con su teléfono celular a un reno plantado en la parte alta de un edificio.
Era sólo cuestión de esperar a que sobreviniera el desastre. Aceptada la existencia de Santa –asunto inevitable gracias a toda la evidencia–, los gobiernos empezaron a manifestarse. ¿Qué podían hacer? La ONU realizó una sesión de emergencia. Si aquello era cierto debían actuar, pronunciarse, hacer algo. Asesorados los representantes del G8 salían de sendas charlas con científicos y expertos que por lo regular aparecían ante los media con batas blancas y gafas gruesas. Su argumento, ante todo, era dimitir de la fe. Santa no existía para ellos. Era algo que debía tener explicación.
Fue en ese determinado momento cuando lo soltaron: se hablaba de una invasión de seres venidos del espacio exterior. Esta teoría tuvo repercusiones mediáticas y fue la más aceptada por la comunidad científica. Con ello, la gente ya no comía ni dormía; buscaba artefactos contundentes, de defensa; se escondían. La humanidad, vamos, empezaba a enloquecer.
Con los ejércitos avisados y un botón rojo como lo único que separaba al mundo del holocausto nuclear, diciembre y su maldita Navidad cada vez estaba más cerca…
La noche del 24 de diciembre batallones de todo el planeta disparaban hacia el aire. Disparaban a lo que se moviera. Ya en México se reportaba un avión derribado por un misil gringo. El líder supremo Kim Jong-il, desde Corea del Norte, decía haber visto a Santa y había dejado ir una bomba nuclear hacia una Corea del Sur ahora destruida en su totalidad… Y entonces… a las 11 de la noche, la cadena CNN publicaba la evidencia: desde Chile, un carruaje rojo, en medio de una balacera, surcaba los aires, esquivando, maniobrando, escondiéndose entre las nubes... Hubo un terrible impasse mundial por varios segundos.
A la mañana siguiente, es decir, Navidad, nadie en el mundo entero había recibido un solo regalo. Santa sí existía, Santa estaba vivo, pero varios dudaban, armas a la mano, a la espera de un nuevo video…
Carmencita es de sangre azul. Es bella Carmencita siendo de raza azul; es más ella siendo feliz, siendo inconsciente, siendo algo más que los demás, como ha ido escuchando cada vez que le dicen “toda tan azul tú”. Por lo mismo hoy tiene un cáncer también azul. Yo me he alegrado en cuanto vino con la noticia. De hecho fue un asunto meramente radiante:
-¡Tengo un cáncer azul, que sólo les da a los de sangre azul!
Cuestiones que como se sabe, por lo general, y a falta de buenos entretenimientos, alegran bastante.
Siempre por un cáncer hay lo de mostrar felicidad. Aplaudir y dar brinquitos, o como se sienta uno en el antojo de proceder. Un cáncer es como un hijo retardado, me dijo alguien retardado por ahí. Le creí, aunque de pronto no demasiado (era un retrasado de sangre azul).
Hay tantos que así quisieran uno suyo; un cáncer con el que luego se ande con la gran consciencia de no habitar más por estos universos; descomponerte, eso, poco a poco; podrirse con las mitosis y en ese plan. Pensar que Carmencita no estará más acá lo pone a uno como feliz. Muy contento.
A Carmencita le pasa igual, también toda contenta. Mucho, he de decir (o de notar). Parece que se va a morir. Así las estadísticas. Y así grita ella en azul que se va a morir. Anuncia en azul lo de su cáncer azul. Publica, además, que tiene un cáncer azul. Difunde por todas partes lo azul de sus circunstancias muy azules. La metástasis azul de una Carmencita de sangre azul. Y entonces, ya advertidos todos, no es el cáncer lo que tiene así de satisfecha a Carmencita de sangre azul. En cualquier caso de la sospecha, la felicidad es lo azul, nada más lo azul de su cáncer azul que, como ha dicho, “sólo le da a los de sangre azul”.
Asuntos superiores en creerse superior. La raza es azul como se entiende. Como se dicen las retahílas de las cosas ridículas y se agregan. Que hay ridiculeces que tan de plano les da únicamente a los de sangre azul. Y así.
Carmencita tiene un cáncer bien azul. Al colmo del hartazgo y lo feliz y lo azul de la sangre azul.
Uno que ya se ha dado por suicidado 4 veces alternativamente en las grandes sociedades del facebook, puede dar la opinión de no haber quedado para nada bien de la cabeza. Uno queda allí como cuestionando las posibilidades que van, como ristra de horas por 24, en cualquier lugar del pequeño y asqueroso mundo a la hora de ver cómo jodidos matarse. Algo como le sucedía al pobre del trivializado Cioran cuando regurgitaba en buen rumano/francés que “es la existencia del suicidio la que hace la vida posible”. Cosa que en el facebook medianamente funciona. Y en esas te quedas restaurando, cada vez que revives, todas las fotitas situacionales y los vínculos amistosos de esa buena gente idiota que al igual que tu –el primer idiota de los universos–, ha creado su existencia de mera alteridad y desde luego parodias y migajas de la plural interacción. Cuando te suicidas en facebook, las cosas lamentablemente no cambian demasiado. Y hasta allí –yo que lo he hecho 4 veces– uno descubre cierta moralidad barata sobre las maneras saludables de mandar al diablo una de tantas estorbosas existencias dentro de un sistema, digamos, controlado (como ser un número de cuenta bancario, a lo mejor una cédula o un pasaporte visado). Entonces la cosa esa en la pantalla te pregunta si en verdad quieres matarte. Y si respondes con los asuntos de simular la presión de los botones que “sí”, la cosa esa en la pantalla te da a entender lo embarazoso de la situación; te amenaza: “Tu amigo Serapio te va extrañar”. Y también sugiere: “puede que alguien te eché de menos”. O ya de plano te acusa: “¿Está completamente seguro?”
Como consecuencia, uno, ya un poco triste, está allí matándose. Y cuando uno se suicida así de triste, lo más triste es ver cómo nada ha ido cambiando. Puesto que a esta instancia, nadie te extraña ni de tristeza.
Cosa buena que se agradece al devolverle a todas esas banquetas la potencia de servir si abres bien los dientes sobre las aristas y te pegas un buen martillazo en lo posteroinferior de los huesos occipitales. Las alturas de los edificios vuelven a tener más sentido vistos desde, ya digo, 9.8 metros sobre el segundo al cuadrado desde las sucias fachadas. En ese plan, si se entiende…
La cosa es irse matando poco a poco con la realidad. Ya que lo otro, de plano que no funciona. Por mucha ficción la que se pretenda, la pretensión sólo es un altercado triste, tristísimo, que al menos uno, cómo no puede ir de otra manera, lo seguirá intentando siempre.
No hay nada como el olor de los 40 bezodiazepinas entre el contenido de la leche, los corn flakes y unas bananas en lo que sucede la resurrección de tus interactividades luego de irte suicidando al menos 4 veces en esa cosa que titila desde las pantallas.
Si te distraes por un segundo, ellos empezarán a resolver un problema de matemática combinatoria, o uno de geometría, quizá algo relacionado con álgebra o con teoría de números. Los he visto hacer eso varias veces, en circunstancias diferentes. Se trata del grupo encargado de representar a Guatemala en las Olimpiadas Iberoamericanas de Matemática que se realizará en Paraguay este año.
La primera vez que me acerqué a una entrevista, ellos salían de la premiación de las Olimpiadas Nacionales de Matemática. Saludaron tímidos. De urgencia traían otro tipo de intención en ese momento. Un problema de circunferencias y triángulos en un pedazo de papel un poco arrugado. Uno de ellos, Alejandro Vargas, el más veterano del grupo (4 años de entrenamiento) tenía un brillo extraño en los ojos; había resuelto el problema durante el acto de conmemoración de las nacionales y en ese instante lo único que importaba no era una entrevista sino improvisar una superficie plana como una mesa, algo de papel y cualquier cosa que sirviera para escribir:
–El ángulo entre 2 circunferencias que se intersectan entre sí se conserva bajo cualquier tipo de inversión.
Pasaron al menos 10 minutos para que los 4, Francisco Martínez, Marcos Galindo, Cristian Castro y el mismo Vargas, quedaran conformes con una respuesta. Lo que buscaban aquella tarde, con alguna generalidad, era mostrar que dentro de cualquier triángulo de lados ABC, un excírculo opuesto al vértice A, es tangente a un circuncírculo de un triángulo isósceles cuya base está trazada por una recta entre el punto B y C, con un tercer vértice en A, tal que los lados iguales midan el semiperímetro del original triángulo ABC.
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Prepararse para una Olimpiada de Matemática no es una tarea que se deje al azar. Ningún país puede darse un lujo así de grande. Hay que entrenar, demasiado. Existen diversas categorías para eventos de este tipo. Una a nivel nacional, otra regional para Centroamérica y el Caribe, también la iberoamericana y, por supuesto, la más importante, una Olimpiada Mundial. José Carlos Bonilla, con pénsum cerrado de la licenciatura en Matemática, es uno de los integrantes del Comité de Olimpiadas Internacionales de Matemática en Guatemala. En su currículo cuenta con una medalla de bronce en una Olimpiada Iberoamericana hace algunos años y hoy enseña y funge de líder a todo el grupo que se prepara para viajar a esta nueva competición.
–Son eventos en los cuales los participantes se someten a pruebas que evalúan tanto su conocimiento como su ingenio y talento en las distintas ramas de la matemática –comenta José Carlos.
Fue hace más de 50 años que la primera de estas competencias fue llevada a cabo, y con el pasar del tiempo, los distintos bloques de países fueron reconociendo la eficiencia de este tipo de actividades para cumplir con sus objetivos. Se crearon varias olimpiadas regionales de diversos formatos, y cada año que transcurre se incrementa el nivel de dificultad. El propósito es promover el estudio de la ciencia, incentivar la cooperación internacional e identificar a los jóvenes más talentosos de cada generación. José Carlos y los 4 muchachos (como suelen llamarlos), saben que “varios de los que ahora son los más reconocidos matemáticos del mundo, fueron en su momento competidores; se busca a los nuevos Einstein matemáticos”.
En algunos casos, sucede que los concursantes entrenan en campamentos especializados. Sucede también que, como en el caso de un vecino de Guatemala como El Salvador, cuentan con casi medio millón de dólares únicamente para invertirlo en este tipo de eventos. A los 4 guatemaltecos, no obstante, les ha costado infinito encontrar el patrocinio para los pasajes aéreos con dirección a Paraguay. Cuentan únicamente con el apoyo del Comité de Ciencia y Tecnología (Concyt), el respaldo familiar de cada “muchacho”, los colegios de cada uno de ellos, la Universidad de San Carlos de Guatemala y de último momento con el respaldo del Ministerio de Educación. En todo caso, no suele ser suficiente. Todo esto a pesar de que este esfuerzo no parece ser algo desperdiciado. En total, Guatemala ha obtenido a lo largo de casi 12 años de participación: 20 medallas, 16 menciones honoríficas, una copa al país con mayor progreso relativo (año 2002), y en varias ocasiones ha sido tercer o cuarto lugar, también en el progreso relativo de los años más recientes.
–En el ámbito mundial, Guatemala tiene 3 menciones honoríficas y una medalla de bronce –dice Bonilla.
Son 2 menciones honoríficas de este nivel que forman parte de los 4 representantes que van rumbo a la Olimpiada Iberoamericana 2010. Una le corresponde a Alejandro Vargas, tiene 18 años, alto, el pelo alborotado y suele explicar alegremente, con el adorno de un chiste, un teorema o una propiedad matemática. La otra mención la porta Francisco Martínez, complexión grande, 17 años; parpadea un cierto número de veces en lo que procesa una solución a un problema o antes de decir cualquier cosa.
–El 50% de los logros mundiales de Guatemala va a la iberoamericana de este año –indica Bonilla. Los “muchachos”, concentrados a lo mejor en otro problema, sólo ríen.
En la otra mitad de competidores que van a Paraguay, está Marcos Galindo, acaba de ganar las Olimpiadas Nacionales de Guatemala 2010; es un poco serio al respecto, tiene 18 años y un talento natural para la geometría. El último integrante tiene 17 años y se llama Cristian Castro Xum; el viaje a Paraguay le implica una primera participación fuera del país; pequeño físicamente, es un poco callado, pero tiene una cosa clara en mente: obtener una medalla, traer algo de regreso a casa...
Los 4 han entrenado y se sienten con capacidad de medirse con el resto de Iberoamérica.
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El modo de preparación en Guatemala, a diferencia de retiros científicos especializados o tutorías personalizadas de otros países, ocurre continuadamente, desde hace una década, cada sábado, durante 8 horas seguidas. Los mismos alumnos, en lo que crecen, se convierten paulatinamente en maestros. Este es el caso de Bonilla. Inició como alumno de Pedro Morales, licenciado en Matemática e Ingeniero Electrónico que recientemente lleva una investigación en la física matemática en el vacío cuántico, como estudiante de postgrado en la universidad Baylor, en Waco, Texas. A su vez, años atrás, antes de convertirse en maestro, Pedro Morales fue alumno en esta “dinámica de los sábados”. Se trata casi de un asunto religioso, un clan. Para el registro, se puede ubicar una primitiva clase de este tipo, a cargo del Máster en Matemática Rodrigo Vásquez, debido a la primera participación de Guatemala en una olimpiada iberoamericana en los años 80.
Estas clases tienen lo suyo de trascendentales. Bonilla me comenta que de allí es posible identificar a nuevos “muchachos” con grandes posibilidades de destacar en el mundo de las olimpiadas matemáticas con el simple hecho de escucharlos.
–Nos reconocemos entre nosotros –dice.
Por lo regular, el Comité de Olimpiadas Internacionales de Matemática en Guatemala, integrado por José Carlos Bonilla, Hugo García, Ricardo Pontaza, Esteban Arreaga, Antonio González, Alejandro Vargas y Roberto Gutiérrez, anda en todo tipo de eventos científicos que se realizan a nivel nacional. Se infiltran con una modalidad de bajo perfil, buscan, se integran a la actividad, por ejemplo, como cuidadores de exámenes, y tratan de identificar a “nuevas víctimas” del curso que se imparte cada sábado. Se hace una invitación, se platica con los “muchachos” y de vez en cuando aparece un alumno con aptitud y potencial que se queda permanentemente estudiando bajo el cargo del comité.
Alejandro, Francisco, Marcos y Cristian, similar a un puñado de alumnos, y el mismo José Carlos, confiesan que llegaron a estos cursos “creyendo saberlo todo”.
–Es bueno aterrizarlos desde el primer día –comenta Bonilla. Para tal caso siempre es conveniente un problema de combinatoria, o uno de teoría de números.
–Cuestiones que por lo regular no se enseñan en un típico salón de clases de colegio y que sólo necesitan un previo conocimiento básico. Un modo de interesarlos, de que regresen –dice.
La intención es integrar cada vez a gente más joven al proyecto. En países como Rusia, hay niños entrenando desde los 7 u 8 años de edad para una olimpiada de matemática. No es raro que al producto de este entrenamiento intensivo se le catalogue como computadoras humanas, robots o máquinas de procesos. Pero incluso eso no es suficiente. Hace falta algo importante: el ingenio. Y el ingenio es una cuestión que no se puede enseñar fácilmente. Se debe motivar, presentar soluciones a las que ha llegado el comité por sí solo, para que los alumnos encuentren conclusiones propias. Por lo general, la intuición es innata en algunos estudiantes.
–El fuerte de Guatemala es el ingenio. Todos los resultados que hemos obtenido a lo largo de todas las olimpiadas en las que hemos participado, han sido gracias a concursantes ingeniosos –resalta Bonilla.
Esto no significa que el comité guatemalteco deje de desear un robot, una computadora humana, que además posea creatividad para resolver problemas y se divierta con la matemática. Esa es la búsqueda infinita.
–Hacemos estos esfuerzos porque alguien una vez lo hizo por nosotros; sólo estamos devolviendo el favor –es una frase lema que utiliza el comité, un legado de los labios del licenciado Pedro Morales. Hoy la aplican desde la práctica.
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Hay 4 grandes ramas que definen estos tipos de competición. Los 4 puntos cardinales de la matemática: álgebra, geometría, combinatoria y teoría de números. En este sentido, sucede algo interesante este año para Guatemala: cada una de las 4 categorías está representada por un competidor.
Un algebraico: “el árabe del grupo es Cristian”.
También un geómetra: “el griego en este caso es Marcos”.
Un versado en la teoría de números: “Alejandro ha obtenido siempre resultados en olimpiadas gracias a los temas que tocan la teoría de números”.
Y un práctico de las variaciones, permutaciones y combinaciones: “Francisco es el ingeniero del grupo puesto que la matemática de combinatoria al menos tiene una aplicación en la realidad”. Han pasado más de 150 años desde que no existe alguien considerado matemático universal, es decir, que domine todas las ramas existentes. El último fue Johann Carl Friedrich Gauss, murió en 1855, en Alemania. Se le acercó bastante David Hilbert, que también falleció en Alemania pero en 1943; la matemática en su tiempo había avanzado en todos sus aspectos, en todas sus especializaciones.
–Si fusionáramos a cada integrante que representa este año a Guatemala en las Olimpiadas Iberoamericanas de Matemática de Paraguay en una sola persona, el resultado sería un monstruo incontenible, un matemático universal –indica Bonilla. Hay un background de risas en su comentario. Uno queda afectado de sólo pensarlo. En cierta medida tiene toda la razón.
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Es común que una clase de matemática termine tocando puntos filosóficos. En la primera oportunidad que tuve de platicar con el grupo, los “muchachos” empezaron a hablar de cosas “bien astrales”. Comentaban sobre todo acerca de los descubrimientos. José Carlos Bonilla explicaba un teorema aplicado a un problema de parábolas, desde su planteamiento gráfico y sin hacer uso de sus ecuaciones generales. Luego de demostrar que algo era cierto, añadió una respuesta extra:
–Nada se inventa, sólo se pueden descubrir cosas. La matemática trata de verdades absolutas. Es independiente de los humanos y ahí radica gran parte de su belleza. La matemática es un asunto del universo mismo.
El problema que generó una frase como esa significa un orgullo para José Carlos. Lo resolvió haciendo uso del llamado Hexagrama místico de pascal. Y la solución propuesta por el matemático guatemalteco era similar a la que Arquímedes había llegado hace más de 2 mil años, con la única diferencia que tiene una aplicación más general.
–Nada se compara con llegar a verdades absolutas por uno mismo –dice Bonilla. –De eso se trata el entrenamiento para una olimpiada: enseñar, pero que cada quien llegue a descubrir lo propio.
El grupo que parte hacia Paraguay sabe que le espera una jornada difícil. Se escucha fácil decir que son sólo 6 problemas durante 2 días. Deben resolver 3 problemas en menos de 4 horas y media. Y luego esperar los resultados. Nadie lo sabe aún, pero quizás además de una medalla o una mención honorífica, estamos siendo testigos aquí de los inicios completamente documentados del primer Einstein matemático que produce Guatemala. Uno propio que no se está inventando; simplemente lo estamos descubriendo...
La idea podría funcionar, pero todo depende de Mario Santizo. Es una inquietud que viene directamente de la redacción. ¿Cómo diablos retratar algo como Mario Santizo? En todo caso, la tarea requiere recomponer la realidad, alterarla, o como suele hacer Mario en su trabajo, un artista visual, dislocar el concepto de fotógrafo en eso de ser simple testigo de un encuadre.
Santizo recibe una llamada que va más o menos en este plan:
–Mario, mirá pues, el asunto es construir una imagen. Te apuntarías para algo como eso. Incluso parece que tenemos un disfraz...
La voz en el teléfono es la de un periodista. Como toda voz de periodista desde un teléfono, no puede ser otra cosa que algo impertinente. De momento Mario Santizo está trabajando en su nueva propuesta visual, y la llamada del periodista de SigloXXI sólo puede tener una factura harta fastidiosa. Apenas acaba de recibir el depósito monetario para empezar a construir una idea con bases fotográficas y está en los límites de tiempo acordado para la exposición que se aproxima. Además es sabido que Mario es bastante huraño, no se mete con nadie salvo para asuntos de trabajo. Es difícil que Santizo muestre interés alguno por compartir, por hacer que una convivencia llegue a un resultado feliz. “Al final siempre el mundo termina por traicionarte, te acostumbrás y lo mejor es hacerlo todo en solitario”, declara Mario como una confidencia, desde una saludable, honesta y agradecida misantropía. El periodista, como rescatando la petición, hacerla un poco más atractiva, ha comentado también que el contenido puede funcionar como la portada del suplemento dominical en paralelo a su semblanza.
Pero, de momento, todo depende de Mario Santizo...
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Hace 26 años, la partera Florinda Figueroa atendió la labor de alumbramiento de su nuera Zoila. El niño era el menor de 3 hermanos y nacía en el municipio de Zaragoza, en la parte sur del valle de Chimaltenango, Guatemala. Era un niño canchito, y su existencia, como la todo guatemalteco nacido en Zaragoza, no pintaba lo más mínimo de extraordinaria. Son estos los recuerdos más precoces de Mario Santizo antes de mudarse con apenas 3 años a la ciudad de Guatemala. Acá aparecería la noción de familia feliz, un padre con un puesto administrativo, y una madre que tenía que trabajar tanto como para obligar a Mario, a una muy corta edad, en la educación preescolar del colegio Eloy Suárez Cobián, una institución dedicada a la promoción de los dogmas fundamentales del cristianismo, una institución donde Santizo empezaría a sentir la incomodidad de la religión, donde construiría una personalidad bastante retraída y la alienación de un niño sobretodo solitario.
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Tres periodistas (un redactor y dos fotógrafos) han partido desde la sede central de un periódico a la entrevista que finalmente ha accedido Santizo. Es la mañana de un viernes bastante nublado. Mario vive en la colonia La Reformita, un barrio de clase media a unas cuadras de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Su apartamento se encuentra adherido a la casa de su madre y permanece en un desorden detallado: La música de Primus de trasfondo, una silla de ruedas abandonada, disfraces, luces, libros de arte erótico, un tiradero compuesto específicamente por animalitos, árboles, casas de muñecas, cabezas y muñequitos de plástico que mantienen una pose, y se mantienen inertes frente a una cámara (Canon XSI) incrustada en un trípode en el centro de la habitación principal.
–¡Es una mierda! Tengo que repetir unas fotografías y estoy bien pisado de tiempo –comenta Mario sentado delante de una computadora; él manosea algunos comandos del PhotoShop.
Aun así, hay tiempo para mostrar un poco del proceso que caracteriza la obra de Santizo. Lo cierto es que a Mario no le gusta nada que lo etiqueten como fotógrafo, y eso aunque la cámara es una de las herramientas fundamentales en su trabajo; tampoco le gusta la palabra artista, “un tacuche que te queda grande y hay que dejar que los demás sean quienes te lo pongan”. Lo suyo es la imagen, pero una imagen entendida como la composición de algo que roza la ficción; no la foto. Su estilo, por lo general, es un acto performático. Él mismo, junto a algunos actores, es uno o varios de los personajes que aparecen representados en sus imágenes. El sentido del humor es cáustico al atacar la falsa moral, la religión y los valores establecidos... Hoy ha cambiado sutilmente “lo molesto de los humanos”. En vez de trabajar con actores, Mario ensambla, con los recortes de varias antiguas fotografías, una escena que remite a una época de antaño, de doble moral y erotismo en blanco y negro. Es un artesano en cierta medida. Le han pedido que indague sobre el tema de la familia para un festival de fotografía y es lo que tiene, a su manera, en algunas maquetas ya fotografiadas. La familia.
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Un día, el padre de Santizo llegó a casa con una noticia algo contundente bajo el brazo: El divorcio definitivo y su separación de la familia. Su madre partiría a Estados Unidos y Mario, junto a sus hermanos, quedaría a cuidado de su abuela Florinda.
–Los padres suelen tener un montón de frustraciones que terminan proyectando en todas partes–, dice Mario Santizo tratando de ubicar cómo diablos paró estudiando yudo, “no me gusta pelear”, cuenta, y luego en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP). Roberto Cabrera, Rodolfo Abularach, Ramón Ávila... fueron algunos de sus maestros en esta institución. Hoy quedan pinturas regadas en su apartamento de aquella primera intención de armar una imagen. Son intenciones casi surrealistas, dalineanas un poco, pero cargadas de violencia cotidiana.
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Uno de los fotógrafos le muestra a Santizo el disfraz escogido para alterar una imagen con él como personaje principal de todo el montaje. La indumentaria corresponde al protagonista Ciel Phantomhive, del manga japonés Kuroshitsuji. Mario toma el traje, se lo prueba, y acepta ser un personaje para los periodistas. La vestimenta le queda, le talla muy bien.
La escena se llevará a cabo en una casa-museo del Centro Histórico de Guatemala. La locación es una habitación de niña oligarca de los años 30. El cuarto de una tal Elisita Escobar Vega. Incluso la recámara se adorna con un pequeño recorte de un texto cursi publicado en el diario de mayor circulación en el país. Allí se menciona lo bonito que es recordar una Guatemala inocente, una familia funcional, unas niñas que al parecer siempre quedarían siendo niñas. Todo bien bonito, la ropita de época, los muñecos de época. Mario se muestra interesado en eso de “profanar el cuarto de una niñita”. Ha traído una máscara de sí mismo, se coloca el traje, y empieza a adentrarse en su personaje: “Un niño travieso”, dice y hace gestos, maromas, voces infantiles.
–Mario, qué sientes de ser parte de una escena que no has organizado–, pregunta un periodista.
–Contento, muy contento–, responde Santizo, apenas audible embutido dentro del traje.
Las cámaras empiezan a disparar contra él, una foto tras otra. Mario es tímido por naturaleza, pero detrás de su máscara –un disfraz de sí mismo– todo marcha sobre ruedas. Está expuesto pero oculto. Y en este oxímoron semiótico, Santizo está contento. Se muestra divertido en cada pose.
Entiende el personaje.
El personaje de ser él mismo.
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Mario recibió la noticia de primera fuente. Estaba mal, muy mal de hecho. Este fue su auto diagnóstico antes de enterarse que era obsesivo compulsivo a los 22 años. Fue el momento de aquellas noches enteras en que terminaba cambiándose de ropa, probándose todo su guardarropa, en medio de enormes ataques de ansiedad, viviendo solo, durmiendo apenas 2 horas, cuando decidió pedir ayuda.
–Los siquiatras, antes de diagnosticarte y mandarte feliz con un medicamento a casa, miden tu ansiedad por las veces en que te masturbas a diario.
La medicina (Paxil, 20 mg) recetada le afectaría de por vida cualquier intento de dibujo.
–No había de otra. La fotografía era el lenguaje a explorar porque ya no podía pintar como antes... –lamenta.
No resulta difícil decir que Mario Santizo es bastante sarcástico. La acidez le sale natural. Si uno pregunta de dónde le viene lo cínico, dirá, sencillamente, que no ha madurado mucho todavía. Pero hay madurez en su trabajo. De la pintura optó por investigar la fotografía. Tratar de entrar en su cabeza es manipular un juego complicado que puede resumirse, como Mario lo cuenta, en 3 ejes transversales: Jan Svankmajer, Frank Zappa, William S. Burroughs. Un director, un músico y un escritor, cada uno, un bicho raro de la cultura a nivel global.
De Jan Svankmajer, tenemos un recuerdo. Es Mario de 14 años frente a un televisor, cambiando canales, buscando nada en la pantalla y de pronto un tierno homúnculo envejece hasta la muerte. “Algo para desquiciar a cualquiera”, comenta Santizo del Fausto plastilina que Svankmajer le amoldaba en la cabeza.
De Frank Zappa, hay otro recuerdo, está vez, algo paródico. Es Mario, un poco más entendido, con unos audífonos en los oídos; y es Zappa burlándose de todo, de las épocas anteriores, utilizando sólo su guitarra. La parodia puede unir a dos mundos en imágenes y sonidos. Era lo que sucedía, un poco así, en los tímpanos de Santizo.
Y de Burroughs, hay un Mario, divertido, alimentándose de una lectura lapidaria con la cultura y los valores normalmente aceptados. Digamos que es una toma de consciencia, una cínica, de tener un “Almuerzo al desnudo” en el plato, y de pronto, ¡paff!, lo que hay en las cuatro puntas de un tenedor llega tener el atractivo de lo inquietante.
–Uno queda con tantas imágenes en la cabeza –dice Santizo. Svankmajer, Zappa. Burroughs. Son 3 personajes que han hecho su efecto en la mente de este artista visual.
A veces, claro, nadie lo comprende.
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Máscara puesta, Mario se detiene frente a un espejo. Se examina detenidamente y los fotógrafos aprovechan para disparar el flash sobre la escena. Ha sido un episodio espontáneo, raro sobre todo...
–Suelo ver a todos como personajes –dirá luego Santizo a los periodistas caminando por la calle. Uno sólo puede preguntarse si Mario tuvo una pequeña epifanía frente a su reflejo. Estaba quieto, no se sabe bien si pensando, pero quieto, reconociéndose detenidamente.
–Fotografió todo lo que existe en mi cabeza –comenta tranquilamente Mario en una esquina. Habla apenas con frases cortas, cada una acompañada de un desaire y una sonrisa particularmente irónica.
– La gente de Guate es algo bien curioso. Tal parece que en este país el sentido común se ha extraviado.
Lo siguiente a esa frase de Santizo es una risa incómoda, cómplice y colectiva… Una disonancia. Son los periodistas.
Mario, expuesto pero oculto, también ríe unos segundos después. Desde el disfraz de sí mismo, por complicado que parezca, observa el mundo a su alrededor, como quien ha ubicado una nueva incongruencia, como quien ha encontrado otra escena para parodiar.
En realidad, todos, cada uno, somos sus personajes.
Las lindas personas son tan lindas por antípodas. Tienen lo suyo de precisa incompatibilidad. Aprendí ya, por pura sugestión, a especular sobre su existencia. Se definen más que todo por sus gustos, que son los más horribles. Pero puesto que la gente es más allá fuera de sus filias u onanismos más obscenos, como dicen, y son precisamente hermosas, se les perdona su exhibición horrenda de sus cosillas siempre por una cuestión de la genética un poco más perfecta, que es lo que únicamente pueden sacar al sol de sus personalidades, vamos. Uno se siente al menos reivindicado en la trinchera de la contra con tan sólo cartografiar a las lindas personas, tan humildes y tan llenas de banalidad en todo el goce de su publicación cotidiana.
Siendo ingenuos, hay que dar por ignoradas las cuestiones más básicas de la razón y hablar entrando con el comentario sobre lo lindas que son (o pueden ser) las lindas personas. Eso siendo estúpidos y crédulos puesto que nadie en realidad, ni desde la seriedad del asesino serial, ni desde el pobre argumento del niño virgen de la cuadra, se puede neuronalizar la imprudencia de cosas sobre la lindura a priori, esa belleza del alma un tanto radicalizada y que por supuesto tiende a sonar incómodo. Si no nos equivocamos bien, lo que queremos decir en vez de lindas, más que cualquier otra cosa, es asquerosamente simples, planas, defectuosamente atrofiadas de la sensatez crítica; ni hablar de la acidez o el sarcasmo, tan faltantes en la etiqueta esa de las lindas personas.
Yo desconfío de las llamadas lindas personas, pero más de aquellas que creen en la existencia de algo tan lindo como las lindas personas. Eso es insustancialidad pura, concreta y estimulante. Sobre todo porque creer en algo tan embustero como esos términos ideales te hace quedar mal, un inocente tirando a lumpen en medio de la república de los ciudadanos con dos malditos dedos de frente. De las lindas personas especulo su existencia como ya dije.
No vaya a pasar la misma suerte de aquella vez en que me dijeron: “Eres una linda persona”. Lo decía una pequeña niña burgués, por la sencilla razón de no eyacularle en la cara y sí en mi camiseta. “Eres una linda persona”, dijo. Vaya jodida cosa, vaya felación de la ingenuidad.
Tristemente he sido una “linda persona”. En ese plan que dicen sin lograr todavía digerir el efecto. Uno sólo puede quedar inútil allí, sintiéndose una “linda persona”, el inepto corolario de un orgasmo. Dudando sobre todo de la propia existencia. Como queriendo molerte a palos, tratando de sacudir las nociones y las esencias de las lindas personas, las que sí existen en este maldito mundo como yo, pero que van de incompatibles como amalgamas que duraran a los sumo una nada. Hay que engañarse lo suficiente, un infidente de sí mismo, para convivir un poquito con ellas. Es lo que se dice estoicamente y bruto. Lindo.
(Texto leído en la presentación de Los Falsos Millonarios -Catafixia Editorial, 2010-, de Maurice Echeverría)
Consumir amor puesto que se es millonario, o cuando menos si se cree ya serlo, que para eso está el monetario entendido de la interacción, la anti-castidad y el sentimiento. Mantener solventes, digo ya, las cuentas del afecto. Y de esta cuenta, así de llenas las ridículas arcas del autoestima, llenos de ternura, la más infidente, la de la entelequia y el engaño de aquella amistad venida a más que es el amor, nos arrodillamos y estamos ya de sortijas, testigos, abogados, curas, pasteles y (¡por Dios!) eternidad.
Y con eso se es capaz de comprar todo el jodido universo. Pero el universo es una basura y se compra nada más la transacción. El amor es la transacción; del matrimonio no digamos salvo algo similar a las llamadas de la deuda en la tarjeta de crédito. En todo caso el recurso –uno paliativo por lo cínico– significa monetizar sentimentalmente al otro, explotarlo, y acá lo importante –que es de lo que trata si se está atento–, puesto que el cariño es un hipermercado de “doy quitando”, “doy sin dar”, o “doy mucho pero apenas”, una cosa así de insolvente en ese libro tan nuevo y corto, el de poemas Los Falsos Millonarios, de Maurice Echeverría.
Sabiéndose tanto pisto, hay que ver lo que un Maurice ha traído con la factura de su transacción, el pobre. Sobre la mesa existencial ya lo vemos depositar sus poemas y rápido, sin chiste y sin chistar, el fracaso se nos cuela en las billeteras de nuestra felicidad; créanme; es la bancarrota.
Y allí el matrimonio es desde lo individual; el “yo” primero, donde la desconfianza o el hastío cae sobre las parejas como satélites oxidados desde cielos más bien nocturnos. Él, el maldito “otro”, metido en medio del amor, que acá se le concede la gramática del paréntesis y se le llama a muerte nada más como (el Suplente): “Ojalá que él pueda/ limpiarte de toda/ la suciedad que los demás/ te depositamos encima”.
Por acá va el inicio de Los Falsos Millonarios y la pérdida aparece; la falsificación igual, pero entendida como derroche y reclamo que nutre creaturas aberrantes con las venas agitadas como látigos en el aire, pues aquí, el vínculo, es decir, el amor es una pelea o un padecimiento o un ano lleno de innumerables torpezas o un inconmensurable cangrejo incrustado en el vientre al intentar explicarlo, de entenderlo, de cobrar, en resumidas cuentas, el afecto como salario. Un asunto de limosnas y dietarios.
Pero vamos de generalidades y hablemos de la riqueza. Es decir lucrar, lucrar, lucrar con el otro, desde el otro; la transacción y provecho del amor; para qué más ha de servir si en esencia su concepto resulta de un objetivismo más bien lacerante, aquel que reza: “El ser humano, -cada uno-, es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros. Debe existir por sí mismo y para sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros para sí mismo. La búsqueda de su propio interés, propio racional y su propia felicidad es el más alto propósito moral de su vida”. O la inconsciencia de los demás, como ya se dice, como Maurice lo contrapone en aquel otro poema: “Un ciego inverso, un ciego incapaz, de ver lo que hay adentro. Siempre entre los dos”.
¿Cuánto es prudente extraer, acá, hasta volvernos millonarios? ¿Almacenar esos gritos, los sueños duros y punzantes, esas sonrisas que se pudren, los conflictos diplomáticos? ¿Entender al mancomunado de nuestras cuentas monetarias desde la transacción, sí, desde sus depresiones, sueños, frustraciones, ideales, abortos, viajes, enfermedades, encantos o desencantos, incluso ideas…?
Drenarlo todo, o sea.
El amor es hipercapitalista.
La mayor riqueza al final es volver vulnerable al otro. Puesto que se le conoce bien –“argumentos, teologías, tonos y máscaras”– uno es inmensamente millonario de todas sus contradicciones para destruirle como se antoje. La riqueza se construye, si aún no somos falsos, al monedear tiernamente al otro. Es tan lindo todo. Pero somos falsos millonarios, muy mediocres, y no sabemos sufragar los gastos del poder amar: “Flojos los dos/ no hacen el amor, ven la televisión. Flojos ciertamente los dos, sus manos flojas tocándose, como desde un asco”. Que de algo así habla el libro de Maurice. Aunque resulte un inventario/manual para ver lo aberrantemente frágil que resultamos al intentar el trance del amor, ya que del intercambio, que acá suena a reclamo, divagación y vuelta la cosa en rabia, es seguro que también nos pueden arruinar. Cuán tontos, todos damos, manchamos el corazón, en un mundo donde la conveniencia es fundamento y la felicidad es imposible.
Siempre un nuevo divorcio en el que la aventura de la eternidad ha fracasado.
“Porque ni tú ni yo / somos millonarios: / somos más bien clase media / en esto del amor”.
En realidad yo preferiría que las 24 horas de cada día fuesen fundamentalmente algo desconcertante, que se nos instale una cara bien torcida por algún buen rato, y luego otra vez, y así hasta reafirmar bien nuestros rasgos más fundamentales.
Pero aún allí habría que preparar un cronograma, digo, de aquellas horas inconcebibles pero planificando todo para que luego lo sorprendente no decaiga en abismos de rutina. O al menos llegar al equilibrio ese de que torcer el gesto tenga cierto significado, algo de magia, no sé, que se note –y esto ya es razonar– al menos que algo dentro se te ha estropeado.
Si no nos hacemos mucho los pendejos, sabemos que esto es imposible. Controlar el azar sería el mayor de los poderes sobrehumanos, me refiero, claro, a lo conocido del circunstancial, al gato de Schrödinger, no al de colocar todo en un orden meditado para que sea acontecimiento y en medida un supuesto pre-sabido. Allí, allí mismo perderíamos el gesto, y la vocación de enfermarnos.
Aunque cierto ya es que se nos tuerce la cara a cada rato. Acá convendría mencionar los diarios, los telenoticieros, un vecino violador, los engaños de una pareja, las noticias en el Facebook, un marero adolescente, el asesino serial y maestro de preprimaria, pero no quiero vulgarizar… (Ese lugar común…)
Hay gente que antes de ir a dormir toma un té calientito, para pernoctar tranquilos, o hay otros que se masturban dos o tres veces, también para relajarse, los hay que hacen esto último acompañados que también es válido; se disloca el rostro así también.
En cambio, y aquí lo bueno, existen los más avispados que llevan la recapitulación del día entero atorado en algún punto de la cabeza. Y allí se están con los proyectos de ciertas cositas en la Moleskine o en el Word, o reenviándose correos al propio y personal no cada vez que pueden, sino que en ocasión de conmemoración (feliz) en que su rostro obtiene esa norma informe del desconcierto y lo revulsivo. Se distinguen pues tienen la cara un poco torcida, un poco ya mal hecha, horadada de mal humor, pero valen únicamente cuando logran, con ese efecto, un buen texto, un buen blog. Se dice, por ejemplo, de Lautréamont que usó su genio para llevar hasta extremos inéditos el culto romántico al mal. Y en estos escritores hay que creer.
De igual modo, lo que digo que sucede en lo humanos es su maldad desapercibida por cotidiana. Torcer la cara y volverla a torcer sin darse cuenta. Darse por enterado es lo único que vale en realidad de la realidad.
-Ensimismarme en mi mismo... -Ensimismarme en mi mismo!!!!! -Es un pleonasmo tautológico.. te explico... -Pleorasmo tautológico? -PLE-O-NAS-MO tautológico! -tautológico si conozco, pleonasmo me lo presentas por favor -pleonasmo es repetir una palabra dos veces -y decir pleonasmo tautológico no es más complicado a decir, repetir una palabra 2 veces? -estás repitiendola 4 veces -ah mierda!! y si digo repetir 1 palabra 2 veces es un pleonasmo tautológico que significa repetir la palabra 2 veces -4 veces -no, la estoy repitiendo 6 veces -es correcto. -matemáticas gramaticales -y que bueno, ensimismarse en mí mismo es un pleonasmo tautológico que me ayuda a definir palabras -sólo alguien muy inteligente puede decir ensimismarme en mi mismo y no quedar como un imbécil -en realidad soy un imbécil -... te llaman - aló...
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