Las lindas personas son tan lindas por antípodas. Tienen lo suyo de precisa incompatibilidad. Aprendí ya, por pura sugestión, a especular sobre su existencia. Se definen más que todo por sus gustos, que son los más horribles. Pero puesto que la gente es más allá fuera de sus filias u onanismos más obscenos, como dicen, y son precisamente hermosas, se les perdona su exhibición horrenda de sus cosillas siempre por una cuestión de la genética un poco más perfecta, que es lo que únicamente pueden sacar al sol de sus personalidades, vamos. Uno se siente al menos reivindicado en la trinchera de la contra con tan sólo cartografiar a las lindas personas, tan humildes y tan llenas de banalidad en todo el goce de su publicación cotidiana.
Siendo ingenuos, hay que dar por ignoradas las cuestiones más básicas de la razón y hablar entrando con el comentario sobre lo lindas que son (o pueden ser) las lindas personas. Eso siendo estúpidos y crédulos puesto que nadie en realidad, ni desde la seriedad del asesino serial, ni desde el pobre argumento del niño virgen de la cuadra, se puede neuronalizar la imprudencia de cosas sobre la lindura a priori, esa belleza del alma un tanto radicalizada y que por supuesto tiende a sonar incómodo. Si no nos equivocamos bien, lo que queremos decir en vez de lindas, más que cualquier otra cosa, es asquerosamente simples, planas, defectuosamente atrofiadas de la sensatez crítica; ni hablar de la acidez o el sarcasmo, tan faltantes en la etiqueta esa de las lindas personas.
Yo desconfío de las llamadas lindas personas, pero más de aquellas que creen en la existencia de algo tan lindo como las lindas personas. Eso es insustancialidad pura, concreta y estimulante. Sobre todo porque creer en algo tan embustero como esos términos ideales te hace quedar mal, un inocente tirando a lumpen en medio de la república de los ciudadanos con dos malditos dedos de frente. De las lindas personas especulo su existencia como ya dije.
No vaya a pasar la misma suerte de aquella vez en que me dijeron: “Eres una linda persona”. Lo decía una pequeña niña burgués, por la sencilla razón de no eyacularle en la cara y sí en mi camiseta. “Eres una linda persona”, dijo. Vaya jodida cosa, vaya felación de la ingenuidad.
Tristemente he sido una “linda persona”. En ese plan que dicen sin lograr todavía digerir el efecto. Uno sólo puede quedar inútil allí, sintiéndose una “linda persona”, el inepto corolario de un orgasmo. Dudando sobre todo de la propia existencia. Como queriendo molerte a palos, tratando de sacudir las nociones y las esencias de las lindas personas, las que sí existen en este maldito mundo como yo, pero que van de incompatibles como amalgamas que duraran a los sumo una nada. Hay que engañarse lo suficiente, un infidente de sí mismo, para convivir un poquito con ellas. Es lo que se dice estoicamente y bruto. Lindo.
(Texto leído en la presentación de Los Falsos Millonarios -Catafixia Editorial, 2010-, de Maurice Echeverría)
Consumir amor puesto que se es millonario, o cuando menos si se cree ya serlo, que para eso está el monetario entendido de la interacción, la anti-castidad y el sentimiento. Mantener solventes, digo ya, las cuentas del afecto. Y de esta cuenta, así de llenas las ridículas arcas del autoestima, llenos de ternura, la más infidente, la de la entelequia y el engaño de aquella amistad venida a más que es el amor, nos arrodillamos y estamos ya de sortijas, testigos, abogados, curas, pasteles y (¡por Dios!) eternidad.
Y con eso se es capaz de comprar todo el jodido universo. Pero el universo es una basura y se compra nada más la transacción. El amor es la transacción; del matrimonio no digamos salvo algo similar a las llamadas de la deuda en la tarjeta de crédito. En todo caso el recurso –uno paliativo por lo cínico– significa monetizar sentimentalmente al otro, explotarlo, y acá lo importante –que es de lo que trata si se está atento–, puesto que el cariño es un hipermercado de “doy quitando”, “doy sin dar”, o “doy mucho pero apenas”, una cosa así de insolvente en ese libro tan nuevo y corto, el de poemas Los Falsos Millonarios, de Maurice Echeverría.
Sabiéndose tanto pisto, hay que ver lo que un Maurice ha traído con la factura de su transacción, el pobre. Sobre la mesa existencial ya lo vemos depositar sus poemas y rápido, sin chiste y sin chistar, el fracaso se nos cuela en las billeteras de nuestra felicidad; créanme; es la bancarrota.
Y allí el matrimonio es desde lo individual; el “yo” primero, donde la desconfianza o el hastío cae sobre las parejas como satélites oxidados desde cielos más bien nocturnos. Él, el maldito “otro”, metido en medio del amor, que acá se le concede la gramática del paréntesis y se le llama a muerte nada más como (el Suplente): “Ojalá que él pueda/ limpiarte de toda/ la suciedad que los demás/ te depositamos encima”.
Por acá va el inicio de Los Falsos Millonarios y la pérdida aparece; la falsificación igual, pero entendida como derroche y reclamo que nutre creaturas aberrantes con las venas agitadas como látigos en el aire, pues aquí, el vínculo, es decir, el amor es una pelea o un padecimiento o un ano lleno de innumerables torpezas o un inconmensurable cangrejo incrustado en el vientre al intentar explicarlo, de entenderlo, de cobrar, en resumidas cuentas, el afecto como salario. Un asunto de limosnas y dietarios.
Pero vamos de generalidades y hablemos de la riqueza. Es decir lucrar, lucrar, lucrar con el otro, desde el otro; la transacción y provecho del amor; para qué más ha de servir si en esencia su concepto resulta de un objetivismo más bien lacerante, aquel que reza: “El ser humano, -cada uno-, es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros. Debe existir por sí mismo y para sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros para sí mismo. La búsqueda de su propio interés, propio racional y su propia felicidad es el más alto propósito moral de su vida”. O la inconsciencia de los demás, como ya se dice, como Maurice lo contrapone en aquel otro poema: “Un ciego inverso, un ciego incapaz, de ver lo que hay adentro. Siempre entre los dos”.
¿Cuánto es prudente extraer, acá, hasta volvernos millonarios? ¿Almacenar esos gritos, los sueños duros y punzantes, esas sonrisas que se pudren, los conflictos diplomáticos? ¿Entender al mancomunado de nuestras cuentas monetarias desde la transacción, sí, desde sus depresiones, sueños, frustraciones, ideales, abortos, viajes, enfermedades, encantos o desencantos, incluso ideas…?
Drenarlo todo, o sea.
El amor es hipercapitalista.
La mayor riqueza al final es volver vulnerable al otro. Puesto que se le conoce bien –“argumentos, teologías, tonos y máscaras”– uno es inmensamente millonario de todas sus contradicciones para destruirle como se antoje. La riqueza se construye, si aún no somos falsos, al monedear tiernamente al otro. Es tan lindo todo. Pero somos falsos millonarios, muy mediocres, y no sabemos sufragar los gastos del poder amar: “Flojos los dos/ no hacen el amor, ven la televisión. Flojos ciertamente los dos, sus manos flojas tocándose, como desde un asco”. Que de algo así habla el libro de Maurice. Aunque resulte un inventario/manual para ver lo aberrantemente frágil que resultamos al intentar el trance del amor, ya que del intercambio, que acá suena a reclamo, divagación y vuelta la cosa en rabia, es seguro que también nos pueden arruinar. Cuán tontos, todos damos, manchamos el corazón, en un mundo donde la conveniencia es fundamento y la felicidad es imposible.
Siempre un nuevo divorcio en el que la aventura de la eternidad ha fracasado.
“Porque ni tú ni yo / somos millonarios: / somos más bien clase media / en esto del amor”.
En realidad yo preferiría que las 24 horas de cada día fuesen fundamentalmente algo desconcertante, que se nos instale una cara bien torcida por algún buen rato, y luego otra vez, y así hasta reafirmar bien nuestros rasgos más fundamentales.
Pero aún allí habría que preparar un cronograma, digo, de aquellas horas inconcebibles pero planificando todo para que luego lo sorprendente no decaiga en abismos de rutina. O al menos llegar al equilibrio ese de que torcer el gesto tenga cierto significado, algo de magia, no sé, que se note –y esto ya es razonar– al menos que algo dentro se te ha estropeado.
Si no nos hacemos mucho los pendejos, sabemos que esto es imposible. Controlar el azar sería el mayor de los poderes sobrehumanos, me refiero, claro, a lo conocido del circunstancial, al gato de Schrödinger, no al de colocar todo en un orden meditado para que sea acontecimiento y en medida un supuesto pre-sabido. Allí, allí mismo perderíamos el gesto, y la vocación de enfermarnos.
Aunque cierto ya es que se nos tuerce la cara a cada rato. Acá convendría mencionar los diarios, los telenoticieros, un vecino violador, los engaños de una pareja, las noticias en el Facebook, un marero adolescente, el asesino serial y maestro de preprimaria, pero no quiero vulgarizar… (Ese lugar común…)
Hay gente que antes de ir a dormir toma un té calientito, para pernoctar tranquilos, o hay otros que se masturban dos o tres veces, también para relajarse, los hay que hacen esto último acompañados que también es válido; se disloca el rostro así también.
En cambio, y aquí lo bueno, existen los más avispados que llevan la recapitulación del día entero atorado en algún punto de la cabeza. Y allí se están con los proyectos de ciertas cositas en la Moleskine o en el Word, o reenviándose correos al propio y personal no cada vez que pueden, sino que en ocasión de conmemoración (feliz) en que su rostro obtiene esa norma informe del desconcierto y lo revulsivo. Se distinguen pues tienen la cara un poco torcida, un poco ya mal hecha, horadada de mal humor, pero valen únicamente cuando logran, con ese efecto, un buen texto, un buen blog. Se dice, por ejemplo, de Lautréamont que usó su genio para llevar hasta extremos inéditos el culto romántico al mal. Y en estos escritores hay que creer.
De igual modo, lo que digo que sucede en lo humanos es su maldad desapercibida por cotidiana. Torcer la cara y volverla a torcer sin darse cuenta. Darse por enterado es lo único que vale en realidad de la realidad.
Entre achaques y bastonazos, locura y senectud, un vecino me cuestiona lo generacional durante lo que puede durar el viaje de 5 pisos en el ascensor. Sabrá Dios de dónde Diablos le ha venido a éste vejete su reclamación. Se ubicó él, muy a lo suyo, entre los 50 y los 60. A mí me mandó irremediablemente a los 90.
Y es que decir “noventas”, en alguna medida (triste e indiferente), para mí, es ya alegar ancianidad. Uno se arruga con el sólo hecho de pensar “hace 20 años”, sí, de todo aquello tiempo atrás y ahora lo absoluto echado a perder. Pero al menos una alegría tonta, incluso léase felicidad, ante ocasión de haber nacido un poco antes y pasar digamos atento, infantil y pubescente, la década noventera, por desencantada, por post-post-moderna, por detectarse en ella la fecha probable de un inicio en el fin del mundo, o ya por idiota, vamos, que es lo mismo. El viejo buscaba confrontar o al menos entender.
Y allí estábamos, los dos en ese cubículo que pende nuestras existencias a un cable y nos eleva en el centro de los tontos edificios, tratándonos cada uno de “originales”, es decir, repitentes de los dogmas, aquel de refutar o de sentirse bien rebeldes por ejemplo. El viejo, una cosa contenta, vaya, lleno de anécdotas felices (1944-1957, Guatemala) y lleno además de boleros con aquella su carga superficial del amor. Yo, una mierda sin sonrisas, con la crónica de toda la humanidad que me contó la televisión y repitiéndome en la cabeza que Cobain había jurado no tener una pistola, y ya ven que lo que guardaba era una linda Remington M-11 con la que se volaba los sesos, exactamente, de un escopetazo.
Por esa cuenta en adelante van las cosas con este vecino siempre que nos damos de topes las existencias. A veces congeniamos, pero muy pocas veces.
Aquel día, al nomás salir del ascensor ya nos gritábamos: “Si el siglo XX resumió los ideales del siglo XIX en su mayoría, el XXI no tiene ni una idea clara”.
Y en medio de la primera década ésta, con desconfianza, buscamos, tras descender del ascensor, la analogía un tanto pretenciosa del Marineti en el inicio de este siglo, la bicicleta de los X-games para el nuevo Jarry, o a un Valenti acarreando algún cachivache de hologramas; el viejo sugiere inquirir en alguna inmediata idea del más desconocido Duchamp, o ya para más lugares comunes, la prosa libre de un Darío.
El lobby, por supuesto, de todos estos ascensores, se encuentra vacío. Y caemos de nuevo en el alegato generacional, que a mí, con alguna gracia, ya me estorba y me pone de mal humor.
Ya me doy por pleno enterado que los escritores tienen el cerebro profundamente atrofiado. Están locos, hay que decir. Son una mierda. Si lo sabré yo (a veces escribo, cierto) que cada vez que alguien dice “Hola, soy fulanito y soy escritor”, rápido, muy, muy rápido hay que buscar un bate de beisbol, o lo que se tenga a la mano, y moler a palos al maldito. Explico, pues, que toparse con un escritor es peligrar demasiado, si hay contacto, ya te jodiste. La atrofiada cabeza del escritor es una recámara vacía, que no tiene una idea, hasta que te tiene enfrente, y entonces: un personaje.
De repente recibes llamadas de escritores en la madrugada, su intención únicamente es preguntar por el nombre de aquella tía tuya que mencionaste durante la sobremesa y que de chiquito te agarraba a escobazos sin razones aparentes. “Es para mi novela”, justifica la voz en el teléfono y hay que colgar, colgar fuerte, que se note la molestia.
Ah, pero en esta vida hay tantos organismos encantadores. El escritor sabe de esas cosas. Es cierto que el mundo es una mierda, no se puede discutir sobre algo semejante, no es necesario. Es contexto. Y dentro del contexto, que es una mierda, aparecen seres encantadores de vez en cuando, que quieren figurar de cualquier cosa, ahora que se puede, con tanta tecnología y ese tipo de cuestiones, ya saben, prepondera ser alguien en algún lugar. La literatura es el lugar más peligroso para ser alguien. Llueven, con esta intención, los calzones desde algún rincón obscuro de personalidad hasta alcanzar al escritor, al maldito, que sería bueno desaparecer de una buena vez y punto. “Quiero que escribas algo sobre mí”, o, mejor aún, “¿Seré yo acaso la protagonista de tu nueva novela?”, preguntan. Y ya con eso no se puede.
En todo caso, el escritor te hará quedar mal, así funcionan las cuartillas, una tras otra, dibujando alteridades de personajes reales. Y luego, por supuesto, todo el mundo se queja. La historia es profunda, hermosa, qué sé yo, el mejor libro del universo, pero, joder, la mataste, las violaste, o le pusiste un tutú en medio de una película snuff. Se quejan.
Lo mismo me pasó la otra vez. Amanecí con una prosopopeya a la par, la más hermosa de las prosopopeyas con la cual uno puede amanecer a la par, le había hecho harto daño en la cuartilla, en realidad una fatuidad, pero allí la tenían, una furia de gritos y golpes que laceraron la consciencia, tanto, que tuve que cerrar un blog, cancelar una novela, reescribir un cuento, parar las rotativas de un diario.
Yo igual, con una sonrisa un tanto pendeja, me quejo de que los personajes se subleven y se tengan tanto que quejar.
Imagen: Personaje de Roberto Cabrera (Alejandro Marré)
La verdad es que aquel día yo podía esperar cualquier cosa. Pero uno suele tener sus límites. Uno tolera hasta donde le es posible, ¿cierto? Aunque a mí, con honestidad, los desatinos y las circunstancias adversas, cuando desfavorecen a mi persona, no me gustan, no me gustan nada. Me gustan sí, los desconciertos, por ejemplo, las cosas sorprendentes y que con elegancia toman un rumbo inesperado y que llegan, digamos, a términos realmente extraños y extravagantes.
Sin embargo, lo que no me gusta es la adrenalina que a veces se produce.
Y en aquella ocasión, allí estaba yo, todo hecho adrenalina, en el corazón de todo el asunto.
Primero un tipo se acercó; tenía puesta una bata de doctor o de científico. Respiraba a través de una máscara y tenía unos lentes telescópicos, muy retráctiles y muy alargados. ¿Un disfraz...? A ciencia cierta no sabría decirlo, lo que sabría dar fe es que todos en la sala estábamos, cómo decirlo, ¿expectantes?, ¿maravillados? No sé. Diré nada más que estábamos viendo. Y mirábamos (¿expectantes?, ¿maravillados?) que el doctor/científico nos regresaba a ratos una mirada similar ¿expectante?, ¿maravillado?, mientras le daba por manipular algo en el escenario de un pequeño como-teatro.
Un reflector potente consumía la oscuridad alrededor y concentraba la luz que éste mismo emitía sobre lo que el doctor/científico estaba preparando.
En la habitación había frío, tanto como había oscuridad. Había también un poco de ruido, tan nimio como efectos luminiscentes se producían, apenas un murmullo de vez en cuando.
Yo estaba, más o menos, a 40 grados de una semicircunferencia. El doctor/científico estaba, más o menos, en el centro, en el grado cero de una semicircunferencia. Y la habitación tenía la forma de un transportador, lo que hacía relativamente fácil ubicar todo en coordenadas polares.
Una chica cerca de mi posición, a 30 grados de la semicircunferencia, empezó a balbucear que aquello era demasiado y además estúpido. La verdad es que yo apenas distinguía un poquito los movimientos que sucedían más adelante. Veía sí, al doctor/científico manipulando encima de una sábana una especie de bicho o mamífero, y lo tenía puesto sobre una mesita que por unos momentos le daba por moverse sola y el doctor ajustaba nuevamente (la mesita) asiéndola con el pie hasta sentirse cómodo y seguir con sus asuntos.
El doctor/científico podía haber estado haciendo una bomba, pensé, y me gustó mucho la idea. Podía ser un terrorista o alguien anárquico que impartía una clase de un modo muy didáctico, como en salón de universidad...
En un momento dado hubo un grito. Pero no llegó a más.
En otro momento, escuché decir a alguien que algo se movía en la mesita. Yo estiré todo lo que pude, todo, el cuello. No veía mayor cosa: algo con pelo, hecho de una textura parecida a la carne. Y que en efecto, se movía, convulsionaba. Pero según pude constatar, el escenario estaba como-fijo y por más que variara el ángulo de mi perspectiva, la cosa quedaba igual, es decir, no se podía ver nada bien de lo que el doctor/científico estaba lucubrando.
Yo me preguntaba cosas como ¿a qué hora y nos llega a matar ese doctor/científico?, y empecé a asustarme. Lo que más me aturdía es que no hubiera explicaciones. Y parecía que todos estaban de común acuerdo en que las cosas se dieran de esa manera. Y de pronto ¡Krump!, un shock eléctrico y la mesita, lo que yo creía que era una bomba y el doctor/científico o terrorista/anarquista salieron expelidos hacía la parte de atrás. Y de pronto caos, gritos, y todos –quise pensarlo así– corrían de un lado a otro, con la diferencia que nadie corría de un lado a otro y estaban quietos pero gritando. Aquello era raro. El reflector enfocaba; siempre, siempre hacia adelante. El doctor/científico ahora estaba inconsciente en el suelo del como-escenario. Yo, extrañamente, también estaba quieto, de pie pero sudando. Esperaba que sucediera, no sé, lo que tuviera que suceder. Y entonces, sucedió: un extraterrestre, no una bomba, sino un extraterrestre cabezón, con tentáculos salía de la sábana. Parecía una película y asustado tuve que levantarme rápido. Maldita sea. El extraterrestre, que ahora parecía más bien un robot, se apresuraba y venía por todos nosotros.
A mi alrededor, había muchos gritos, histeria, y ese tipo de cosas.
Era difícil admitirlo pero yo patéticamente sólo trataba de encontrar una salida a todo aquello. Había toda esa muchedumbre encerrada, pensé, a merced del extraterrestre/robot. La humanidad ahora sí que se va ir definitivamente al traste, dije, sin pensarlo tanto, y me dispuse a correr y huir pronto de allí.
Frente a todos nosotros el extraterrestre/robot creció espontáneamente. El reflector le daba toda esa fuerza. Tuve miedo en que fuera fotosensible o algo así; temblé, y fue entonces cuando caí en el suelo; pensé en el sol, en la energía del sol y en los poderes nuevos del extraterrestre/robot. Podía fácilmente aniquilarnos a todos en la sala.
Cuando caí, la gente se hizo con un silencio crepuscular y seguían sin moverse. Salvo levantarme y caminar, yo del puro susto no podía articular nada, ni siquiera un “levántense, vámonos, larguémonos, salgamos”. Nada.
Por fin, en la oscuridad y en medio de los gritos, me topé con la salida. Somaté y somaté hasta “salir” de bruces al exterior, un exterior todavía oscuro, pero exterior al fin de cuentas. Aún lograba oír los restablecidos gritos de las personas allí dentro y los horripilantes ruidos que hacía sin cesar el extraterrestre/robot fotosensible que venía por todos nosotros.
¡Por todos nosotros!
Aquel “exterior”, en realidad, era un pasillo largo, largo. Corrí y corrí sin ver atrás. Imaginaba ovnis, explosiones y todo tipo de rayos láser detrás de mí; y en todo lo que dejaba a mi paso: muertos, sí, muchos; sangre y desmembrados.
Seguí por el pasillo no recuerdo cuánto tiempo, ¿8, 10 minutos?; no lo recuerdo. Pero finalmente salí.
El centro comercial estaba a oscuras y el único guardia en existencia cuidaba (y se cuidaba) de todos los infelices que habíamos ido a la maldita y última función de otro estreno gringo y que, quizás como yo, salíamos de nuestras respectivas salas enfurecidos y profesando maldiciones.
Cuento aparece en Amalgamas Errantes (recopilatorio)Imagen: Iching de Nam June Paik
La otra vez una maldición caía sobre la ciudad más mediocre del planeta. Se hubiesen enterado, estuvo realmente escalofriante y divertido. Todo un cataclismo. La tierra se movía y un ambiente diluviano se metía en medio de la conciencia de los seres más tontos de la Tierra. Yo lo veía todo desde una transmisión stream en mi computador. Aquello era fabuloso, déjenme decirles.
Primero, sí, lo primero, una avioneta se partió en pleno vuelo anunciando el principio del Apocalipsis mismo. Hizo un ruido inmenso, como el que sucede en ese nuevo juego Darksiders de la Play Station cuando algún tarado en el Cielo le da cuerda al Armagedón y hay que enmendar todo el maldito embrollo. Pero acá era un poco distinto el argumento. No había quién contra aquello, ni un ángel del Señor, ni el cuarto jinete del Apocalipsis ni nada como acontece en el videojuego. Estaban realmente jodidos esos humanitos.
Hagan de cuenta que de pronto, seguidamente al avionazo, pues un volcán, el más feo y más chiquito de todo el continente, se las apañó para convertirse en la mística puerta del infierno. La guerra celestial había comenzado en la pantalla de mi computadora, y sucedía todo en real-multimedia-stream-dolby-digital-audio. Vaya.
De un segundo a otro, hubo una deyección desde el volcán, el cielo se hizo de color negro exagerado y la lava, créanme, comenzaba a surgir desde las entrañas de la tierra violentamente. Los demonios salían chillando desde el propio infierno y al contacto con el cielo se evaporaban y se convertían en ceniza pura, en polvos negros y maléficos. (Hubo quienes –un grupo de paganos– sacrificaron a un periodista; lo tiraron en el cráter del volcán para lograr la calma. Pero el dato es apócrifo e intrascendental).
¡Guerra Santísima!, balbuceé hartándome un pan con frijoles. Los demonios morían y caían negros sobre la ciudad más mediocre del planeta, bien, pero la cosa iba a seguir; con un gran trueno se inauguró un portal a otra dimensión en la superficie de la atmósfera. En ese momento, la transmisión empezó a tener dificultades, pero en cuanto regresó la señal, oh por Dios, los restos de los demonios yacían por doquier completamente descuartizados como polvillo. Era fantástico. Los humanos de la ciudad más mediocre del planeta inhalaban esa maldad hecha polvo, se ponían bien locos y bien sucios. La ceniza les llegaba directo a los cerebros.
Yo me dije que eso sería el gran final, y casi apago la computadora. Por suerte, las cámaras que cubrían el evento, se precipitaron a otro lugar, más arriba, sobre las nubes, enfocaban un cielo siniestro; en la pantalla: resplandecía el portal a otra dimensión. Una vorágine flotante muy similar a la entrada del OutWorld del Mortal Kombat II, lo juro.
Entonces, comenzó a llover y a llover, esa era la parte más aburrida de la transmisión, pero de igual modo, me quedé observando. El morbo puede hacer cosas maravillosas en nosotros.
Pasaron casi 24 horas así para que finalmente escampara. Cuando salió un sol feliz en el cielo de la ciudad más mediocre del planeta, me levanté y habilité de inmediato la modalidad 3D de la nueva televisión Sony y la conecté a una de las salidas USB. Las imágenes, ¡oh, las repercusiones!, ¡se veía todo fabuloso y gigante!: los gritos, los ahogados, las inundaciones, unos perros bien inflados, las casas flotantes, lo puentes colapsados, la gente sin casa, el lodo, los derrumbes… Si este era el nudo de la narración, yo, con gran sinceridad, lo agradecía. Aplaudía como un enfermo.
Ya no podía quedar más por suceder. O eso pensé. Esperaba los créditos de la transmisión cuando el infierno, tan insistente como es, tiene métodos bajo las mangas. Así Satanás abrió una serie de agujeros bajo la ciudad más mediocre del universo, de hecho, las aberturas en la tierra eran analogías puntuales a los túneles de emergencia que utilizan los Locust en Gear of War de la Xbox. Los hoyos se tragaban casas de tres pisos completas, carreteras mal hechas y un sin fin de autos. Los humanos tenían un miedo tremendo. Las calles estaban desiertas y la ciudad, la más mediocre del universo, se estaba hundiendo poco a poco sin detenerse.
La empresa nos quiere. A su modo pero nos quiere. Su deseo más sólido es que el personal se sienta feliz y no triturado. Así, el martes por la tarde Recursos Humanos tuvo una pasada, grande la pasada. La Empresa, por medio de correo electrónico, convocó a todos los empleados a la plataforma de suicidios instalada de modo reciente en el séptimo nivel del edificio.
Ya saben cómo Recursos Humanos se esfuerza por crear ambientes siempre artificiales para que uno no termine arrancando el monitor de la computadora del escritorio y resuelva por aventárselo al compañero de a la par o al jefe inmediato. Hasta cierto límite, lo mejor es dar continuidad a la propuesta de esos juegos.
La semana pasada era otra la dinámica. Recursos Humanos envío un correo a lo mejor un poco distinto: la Empresa ungiría con thinner todas las paredes del edificio. Imaginen. Llevarían a cabo el simulacro de un “siniestro”, darían una charla y todo. Y a todos nos encerrarían por varias horas corriendo de un lado a otro en busca de una salida.
Cuando los empleados de mantenimiento terminaron con las paredes y el thinner, el mundo era una localidad bastante borrosa, mareante; encerrados sin remedio estábamos lo suficiente drogados para encontrar la ruta de evacuación o una cajetilla de fósforos y ventilar de una buena vez el lugar con cada uno de los empleados dentro, en medio de los gases inflamables.
Lo cierto es que se trató de una tarde divertida. La del martes no la fue tanto. Me gustaría copiosamente ficcionar lo que sucede en la oficina, pero ni modo, cuando la realidad es tan contundente hay que acostumbrarse y decir la verdad.
Iba yo entre el rebaño de empleados hacia el séptimo nivel, a la convocatoria. Como uno podría imaginar en estos casos, todo el departamento de Contabilidad se había colado, iban hasta adelante, incluso corrían. Los otros avanzábamos resignados, a paso lento, viendo las gradas y nuestras jetas. Al llegar, al lado de un ventanal y el trampolín de reciente colocación, estaban los dueños de la Empresa; ellos: saludo de mano, sonrisa, palmadita en la espalda, aire huracanado y “adelante”. La petarda de Recursos Humanos, una enana narizona, apuraba a la gente, les hacía firmar un listado como cuando regalan el pavo en las navidades. Yo firmé debajo de mi nombre, faltaban unas 50 personas para mi turno. La de Recursos Humanos se detuvo un rato a contemplarme, yo le regresé una mirada de odio, acto seguido, sacó un separador con el logo de la Empresa, dijo feliz cumpleaños y se alejó. No era mi cumpleaños realmente, pero nadie ratificó la fecha y a nadie le importaba. El año pasado el separador traía pegado un chocolatito, esta vez traía una bala y un cupón de descuento en la compra de un arma. Vi el trampolín, los jefes dando palmaditas, y luego el cupón, la bala… Decidí celebrar mi “no cumpleaños” como siete niveles más abajo con un helado de frambuesa, con picante y manías.
Los de Contabilidad gritaban muy felices en el aire…
Hace poco que tengo el despertador a las 3 en punto de la mañana. Duermo intranquilo, me levanto gritando, despierto a los vecinos y enciendo la tele.
Y es la tele de las madrugadas la que me causa enorme interés. Me he vuelto adicto a los informerciales: siempre necesito cosas que no necesito. Entonces presto atención; ya estoy despierto.
Cuando la tele deja de ser estática aparece Mr T, todo sonrisas él, en la pantalla. A su lado hay un pollo frito: tierno, jugoso, muerto, delicioso. Mario Baracus tiene un delantal y no un arma; con un arma tiempo atrás nos enseñaba a cruzar las calles, con un arma a respetar cosas, cosas como las mamás o los animalitos. Hoy nos enseña a usar un nuevo súperhorno. Sin armas, a cocinar pollo frito.
Cambio de canal, y allí está esa ex asquerosa gorda hipersimpática, extra delgada. Frente a ella, una bandeja con lo que sería la analogía de sus entrañas extraídas. Pero no, ella se metió unas cuantas pastillas y ante su foto de gorda, presume que ha mejorado como persona, que tiene ganado el cielo, que todo en la vida ha cambiado para siempre y que la humanidad es algo muy hermoso.
Lo mismo en el siguiente canal y en el otro. Todo el cable cundido de ¿esperanza? Y uno ya sólo puede sentirse desesperado. No tenemos el cielo ganado, no, mientras buscamos el espejo a ver en qué podemos mejorarnos. Y ya viéndonos nada mesomórficos encontramos la respuesta en un infomercial. Pero de madrugada las ideas son truculentas y las necesidades que fomenta la tele se vuelven un poco confusas. Así Mr T está anunciando su horno, al mismo tiempo, una crema para la disfunción eréctil, tras su delantal hay un bulto que es objeto de atención de la cámara a cada rato mientras Mario Baracus se entretiene con unas berenjenas al vapor. La tele anuncia en otro canal unos supositorios efervescentes, con sabor, aroma y color rojo, verde y azul. En otro canal las frases son exquisitas, tipo: “Es el ser ideal pero siempre le falta algo: adquiera nuestras feromonas artificiales”, “Jesús es el camino, la verdad y la vida”, “Adelgace ahora mismo, baje esas libras demás: ¡deprímase!, lo conseguirá en un abrir y cerrar de ojos”, “Enmagrezca y disminuya el tamaño de su pene”, “No eres mal amante, pero puedes mejorar”, “No pierdas el cabello, quítatelo con el tratamiento de alopecia”, “¿Tu cara es bonita y radiante? La nueva moda es el acné…”. Y cosas así que te hacen sentir muy triste durante las madrugadas.
Empiezas a marcar los números de la pantalla, hay tono pero nadie contesta. Lo paradójico es que todos atienden en horas hábiles. Afuera ya amanece, te diriges hacia tu trabajo completamente desdichado. Observas a los demás en cada esquina y piensas que a ellos, tan poco agraciados, tan echados todos a perder, tampoco les han contestado sus llamadas. Que la vida en realidad no tiene ningún tipo de solución y ya sólo piensas en pegarte un balazo con el arma del guardia de seguridad con un parecido increíble a Mr. T del banco sobre la 7ª. avenida.
Imagen: de la serie Áreas de Traslado (Ángel Poyón)
Crisis. La otra vez entré en una crisis nerviosa, ya saben, patalear, sacar espuma por la boca, anhelar algo imposible (terminado), balbucear, hacerse una bolita entre las chamarras, desnudarse y pegar la pelotudez a la ventana que da a la calle, tirarse y agonizar un rato en una esquina de la casa como un pez fuera del agua, hiperventilar, comer mocos ajenos que seguramente quedan bajo una mesa, meterse en la bañera con cuatro ponchos encima y abrir a alta presión la regadera, martillarse un testículo, gritar por el ducto de la basura que “!Cristo vive!, ¡Cristo vive!”, acuchillarse el brazo varias veces, tener un pánico a las lombrices de tierra desde el cuarto nivel de un edificio, darle de comer a la tostadora y acariciarla unas mil veces, inventar un cuento hermoso sobre un quiasmo esquizofrénico, creer definitivamente que el oxímoron es un insecto de dos cabezas y no otra cosa por 24 segundos, hacer uso de un banquito y ver si alcanza para conseguir llegar al cielo de la sala-comedor, el nudo de una soga en el cuello, ahorcarse, asfixiarse… Matarse dando un saltito …asfixiarse, ahorcarse, el nudo (roto) de una soga en el cuello, hacer uso de un banquito y ver si alcanza para conseguir bajar del cielo de la sala-comedor, creer definitivamente que el oxímoron es un insecto de dos cabezas y no otra cosa por 24 segundos, inventar un cuento hermoso sobre un quiasmo esquizofrénico, darle de comer a la tostadora y acariciarla unas mil veces, tener un pánico a las lombrices de tierra desde un cuarto nivel de un edificio, acuchillarse el brazo varias veces, gritar por el ducto de la basura que “!Cristo vive!, ¡Cristo vive!”, martillarse un testículo, meterse en la bañera con cuatro ponchos encima y abrir a alta presión la regadera, comer mocos ajenos que seguramente quedan bajo una mesa, hiperventilar, tirarse y agonizar un rato en una esquina de la casa como un pez fuera del agua, desnudarse y pegar la pelotudez a la ventana que da a la calle, hacerse una bolita entre las chamarras, anhelar algo imposible (terminado), sacar espuma por la boca, patalear, ya saben, la otra vez entré en una crisis nerviosa. Crisis.
Así unas cuatro horas. En ese orden por el estilo. Unas cuatro horas y quince minutos.
this could last us all a lifetime
limbs intact, untouched
on the screen of a video tape
(Ath the Drive-In "Enfilade")
Todo el mundo debería cuestionarse lo mismo: ¿Qué tan secuestrable soy? ¿Ha pasado ese microsegundo por la mente en alguna ocasión? Es frío ¿no?
Mira tus manitas, los deditos: muévelos, muévelos unas 10 veces; la mano es una araña patas arriba: boquea, agoniza. Luego los de los pies… O qué sé yo, puede ser que mimes el lóbulo de una oreja… los dientes, la lengua, un testículo. Todo aquello que se considere desprendible con algo de fuerza.
Ahora una pausa; mira a tu alrededor y piensa.
Todo es deletéreo, es cierto, lo ontológico, lo sabemos tan bien. Igual mira alrededor.
¿Amasas una fortuna? ¿Qué tal tus cuentas? Quizá no, pero ¿tu familia?
Aglomera a todos –¡a todos!– esos idiotas que te quieren, júntalos en una fotita. ¿Cuánto suman en total –digo, en términos monetarios, no hay que confundirse tampoco–? Logran llegar a lo necesario... Habrá que recurrir a los amigos acaso. ¿Qué tan bien te llevas con esos humanos? ¿Tienes amigos?
Lo que puede preocupar aquí es el apellido. Eres Paiz, Hernández, Solórzano. Todo bien, tranquilo, no eres nadie de ellos. Respira un poco: ¿podemos continuar? No hiperventiles (todavía).
Si no es tan obscena la suerte de tu maldita vida, si no firmas con tu segundo apellido... entonces:
Allí te ves, en tus lugares recurrentes. Esa calle, ese parqueo, la colonia, el mismo número de autobús, aquel restaurante de la esquina, el lugar de tu trabajo, el supermercado más cercano. ¿Hay lugares desde donde espiarte fácilmente? Aquella cornisa, por ejemplo, la ventana de enfrente siempre bien oscura, el cuidador de carros sospechoso en el edificio.
Cómo están tus defensas en las redes sociales. ¿Hay fotos de tu apartamento; qué tal tus bichos/mascotas; se ve el color de tu auto; acaso resalta tu genial personalidad en cada actividad de cada 2 mintuos; esos, los “amigos” que te opinan tan falta-ortográficamente; aquella borrachera espléndida y fotografiada; o si: tu diletancia fenomenal de comentar en todos lados; tus hermanitos, tu mamá y papá (quién diablos publica fotos de ellos): todos bien, bien bloqueaditos, a prueba de intrusos? Pregunto.
Y pregunto, bueno, pues por muchas razones importantes. Queda tanto que responderse. Estar al día, bien informado: Tus lugares recurrentes, tus apellidos, la fortuna que te acompaña, las estructuras mobiliarias, los accesos, las cuentas web. Más de alguno –los Vds. –, es secuestrable seguramente. Un poco de estudio y rompecabezas sesudos y ¡ay!, los deditos, las orejas, los excesos en los humanos. Los candidatos.
Es tan emocionante...
Ya empezarán a sonar los teléfonos, se llenarán las inbox... Todos esos sobres/cajas –misterios coagulantes– del correo express a la par de nuestras puertas. Sus puertas, digo, por lo menos.
A cuántas personas le estropeamos la vida con sólo tenerlas a unos cuantos pasos de nuestra existencia. Respiramos y eso basta. Una mácula infinita nos dibuja nuestra silueta diametral e identitaria sobre cualquier superficie.
Nos proyectamos (¿de dónde viene esa luz tan molesta?), nos hacemos tan chiquitos como queramos, o nos aventajamos inmensamente y somos la oscuridad en plena totalidad del cuarto, de la casa, la manzana entera. Una sombra.
Cae el sol unas 10 veces. Y unas 10 veces nos levantamos y develamos un rasgo, algo, nuestra máscara más verdadera.
Dos mentiras (bien jodidas).
Una metáfora (estúpida la metáfora como este texto).
Tres estupros (el engaño es la sombra más grande).
Una manipulación pluscuamperfecta (el poder sobre otro; un detalle).
Dos manadas al aire (ese bicho que se esconde).
Y unas tres que sean patadas para acariciar el canon (patear la pared, el carro, patear el paraíso).
Pero no encendamos la luz todavía. No. Estaríamos un tanto somnolientos, nuestros ojos se destartalarían por tanto dilatar, caminaríamos y nos daríamos en el dedo chiquito del pie con la pata de algún mueble doméstico. Tropezaríamos con una sombra. Con algo jodidamente parecido a nosotros.
Ese buzz eléctrico ya nos tiene lubricando los nervios. Habrá que huir como cucarachitas bebés en el interior de un fregadero…
¿De dónde viene esa luz que es tan molesta? No deja cuajar la oscuridad. Nuestras sombras a punto de hacernos mucho, mucho daño.
Todos los humanos guardan inmensas ratas en su interior, les habitan muy cerca de un alma. Podemos ya no creer en nadie, en nada. De eso se trata el juego. Más o menos, uno es al mismo tiempo, la rata en el corazón de alguien, se lo come, a lo Breat Esaton Ellis. Y la vida, es entonces, cuando se convierte en un puñetero laberinto.
A ver. Avancemos por esta calle. Por esta ciudad. Veamos.
No desviemos. Allí está esa familia, tan feliz la familia. En estos momentos el padre le ha dado un beso a su pequeña hija. Nadie lo sabe, pero esos mismos labios besaron el glande enorme de un prostituto de la zona 1 la tarde anterior. Ahora los labios entran en contacto con las mejías de esa niña, tan rosada. La madre observa todo con interrogación, en realidad está en otra parte. Le preocupa su reciente engordamiento, no admitirá –no pude, quiere gritarlo– que posiblemente está embarazada luego de su último viaje. Una orgía asiática, sin protección, con 4 simpáticos chinitos y completamente borracha, son difíciles de olvidar, más bien, recordar... Ratas.
Ninguno de los dos lo merecía. Y la niña, pues la niña es una rata en sí misma, como debe ser, cada niño, en este planeta: un rastro de traición, de dolor, de racumín, de algo incongruente.
Pero continuemos, es una época posmoderna y tropical. Sudor, calor y sinsentidos, un trío inmejorable. Allá está el político, el burócrata, allí el guardia de seguridad. Ratas. Hay que obviarlos por simple trivialidad.
Démosle chance, sí, a ese señor que viene con alguna prisa. Tan correcto, elegante más bien; no sonríe, lo inviste el hastío. Se ve que la vida ha sido amable con él sin embargo. Y de alguna manera es cierto. Trabajó desde pequeño, se graduó, quiso cumplir un sueño futbolista pero se estropeó una rodilla, se compró una casita, un carrito, tiene 3 hijos (un poco idiotas, pero hijos al fin de cuentas), una bella esposa (también un poco idiota), un buen trabajo... En fin, las metas de un zángano social. No sabe de momento que ha hecho un pequeño mal gesto, a las personas equivocadas, un contrato social. No ha sonreído. Él ya no sonríe nunca en realidad. Su vida llegó a eso que le llama “rutina”, luchó todo este tiempo por ello, lo que dicta –él lo dice– “la maldita sociedad”. Todo ha sido en vano, rumia. A los 33 sólo piensa en pegarse un tiro y en cuánto no es feliz. Lo demuestra cuando puede. Como ahora. Como hacer un gesto a esos pobres sicarios que iban a trabajar: un secuestro, fácil. Ahora mismo estos sicarios crean esa hermosa atmósfera de paréntesis. Son más de 120 municiones alojadas en el cuerpo de Martín, digámosle así. Había que practicar con algo, justifican los sicarios. Unas ratas que coincidieron en una bifurcación azarosa, en la ciduad. A veces, ya ven, las ratas se hacen un favor.
Luego está ese niño de la calle, que es, no otra cosa que la gran rata en el corazón, en el estómago de la ciudad. Lo mismo para ese anciano, indigente/anciano, que no pudo llegar a ningún lado en esta vida. “Ratas”. Su vida, dice en un monólogo sempiterno, “ha sido una incongruencia”, una injusticia.
Podríamos seguir, sin parar. Observar. Panópticamente. Por suerte la cuartilla se agota con el desenlace un poco menos sinuoso. Hemos llegado a la plaza pública, y allí, los seres forman un solo ser. Una sola incongruencia. Una gran rata. Tiene forma, le dicen “humanidad”. La humanidad es un soliloquio; callan, se comen la ciudad, hablan para sí: Cada uno guarda una enfermedad, alguien dice que su esposo es una puto, otro tiene un cáncer, en realidad varios lo tienen, y otros, la mayoría, un viso de ignorancia, una señora comenta que no ha tenido un orgasmo en años, otra, que le gustaría matar, o meter a sus hijos y a su esposo en una pila y luego en un baúl, algunos se miran con inexplicable odio y se encuentran en interacción, todos piensan, caminan, hay quienes saben a dónde van, otros no. Hacen bulla, pero es una bulla interesante, un loop, un murmullo. Todos chillan como ratas en su interior.
La incongruidad es un enorme ruido que guarda silencio, o está tan dentro de un abismo que apenas es audible, se alimenta por dentro, se come el corazón, quiere estallar. Sólo hay que ser un poquito incongruente para darse cuenta. Prestar atención a los chillidos desde dentro; fagocitan el interior, escarban. Si se le toma cuidado parecen gritar: “Todos, todos somos bien culpables”.
Frente al ordenador: Presionar, coordinar, no cometer faltas, hilar, seducir... seducir sobre todo. Seducir es la máxima. De eso trata el asunto. Ya me ven, soy un elaborador de las más bonitas frases, un estafador. La estafa literaria de lo efímero pero incisivamente poderoso. Hoy soy un escritor de chats, es en lo que me he convertido. Y puedo decirlo, soy genial. Eficaz. Un bombón de ruiditos, de disponibilidad, de avatares, de cámaras, de emoticons.
>>>¿He dicho hoy que quiero abrazarte? (un signo igual con un paréntesis; estoy sonriendo, puedes imaginarlo).
Es mi primer aviso y ya estoy al tanto que estás escribiendo...
Soy mil millones de bits, soy tipografía, y sobre todo soy sentido. Lo ves, no, no lo puedes ver, puedes sentir... Esa es la literatura fina, recalentada, te estoy conquistando; es la condición de la palabra. ¿He dicho ya que soy un escritor de chat? La estafa se construye a través de la magnificidad de yuxtaponer palabras.
Pero el interlocutor necesita ser genial al mismo tiempo. Debe estar en esa disposición. Entrar en el juego. Sobre todo debemos pensar y responder con latigazos, rápidos... De lo contrario todo está perdido. La literatura es rápida, ¿honesta?, es chat, que no puede verse publicada. Publicarla es profanarla y significaría dejar de ser el escritor de cabecera de alguien.
Las soledades son exquisitas frente a las pantallas fosforescentes; arden, sudan, tiene una condición estival: >>>Te amo : ) >>>Yo también hermoso >>> gracias >>> Eres un bombillo de neón, vibras, haces un ruidito como de color, de color azul pastel jejeje >>> claro, lo soy, sabes que la luz es un asunto tridimensional jajaja amor mío>>> Pues yo tengo un enorme cuarto vacío en todo mi alrededor; toda la luz, la tridimencionalidad puede caber en algún lugar :) >>> Pues podría intentar no excederme en mi color pastel, mis vibraciones, podría entonces caber en el lugar que tú quieras >>> en serio? >>> no lo sé, depende de ti. >>> Estoy, no sé... sigue escribiendo por favor >>> Pero estamos escribiendo una novela, un poema >>> jejej >>>> Somos la mejor novela del mundo, una que nadie más puede leer >>> Eso me gusta, es como tener un misterio grande que es sólo nuestro >>> es cuestión de retórica >>> :( acaba de entrar el maldito de mi hermano, me desconecto >>> Aún falta salpicar tu pantalla de epílogos y corazones. No te vayas. >>> Me pasaré a otra compu, pásate al gmail. Quiero seguir leyéndonos. >>> :) tu y yo somos una hermosa ficción, una maravillosa novela... somos literatura... te espero en googletalk...
Se ha desconectado. Buscó un libro, algo, un texto: ¡Osmosis! debo seguir siendo genial. Todo se puede ir al traste... estoy hiperventilando... pienso en 7 mantras que pueden funcionar... en uno que otro aforismo (Ciorán, aléjate de mí en este momento)... patéticamente empezaré con una canción
>>>has oído está canción....
24000 tecladazos más tarde, quizá estemos en su cama, pienso. Pero falta mucho. Mi máscara habrá valido la faena. ¿He dicho ya que soy escritor de chats?
>>> hola chico de las letras.
No recordaba lo que me gusta escribir. Esto es excitante. Estoy 24 mil veces excitado. La humanidad se puede joder infinitamente.
Quitar la vida a todo lo que me rodea, cada ínfima partícula, convertirme en una jodida implosión en el centro de todo el maldito universo. Llevarme a todo lo que es capaz de “sentir algo” conmigo. Desaparecer.
Convertirnos en una galaxia nueva y más atrofiada.
Llegar justo al centro de la pista de baile, en el punto del cero cartesiano, donde todos los monos bailan, brincan, y fingen ser felices. Empezar una cuenta regresiva, contar no desde 10, desde 5 para hacerlo más emocionante. Nadie se entera de nada, soy el gran simulacro de un baile (5…), pesan las granadas (4…), incomodan las esquirlas (3…), hieren los explosivos (2…), se incrustan los detonadores (1…), me hacen sangrar los amarres, la pólvora, la falta de una ideología (0…). Sólo explotar todos juntos, bonitamente. Somos un gran baile de vísceras, de tegumentos, de sangre.
Una nueva galaxia, una más atrofiada.
¿Dónde te has sentido más incómodo en toda tu vida? ¿No te rodea acaso la felicidad? Esas risas vienen de alguna parte, no de ti por supuesto. Cada quién te quiere a su modo, debes aceptarlo, al mismo tiempo destruirlo. Ahora escucha ese silencio, te ha acompañado todo este tiempo. ¿Te has dado cuenta? Es un silencio hermoso, se trata de un preámbulo, la antesala para los grandes acontecimientos… Es el último, el mute del universo, antes de que consigas ser ese gran ruido. La felicidad te rodea. Vamos, conecta ese interruptor, apacha ese botoncito. Drena la vida a todo aquello que permanece a tu alrededor. Siente ese calorcito, es tan intenso, sube por la espalda.
-Ensimismarme en mi mismo... -Ensimismarme en mi mismo!!!!! -Es un pleonasmo tautológico.. te explico... -Pleorasmo tautológico? -PLE-O-NAS-MO tautológico! -tautológico si conozco, pleonasmo me lo presentas por favor -pleonasmo es repetir una palabra dos veces -y decir pleonasmo tautológico no es más complicado a decir, repetir una palabra 2 veces? -estás repitiendola 4 veces -ah mierda!! y si digo repetir 1 palabra 2 veces es un pleonasmo tautológico que significa repetir la palabra 2 veces -4 veces -no, la estoy repitiendo 6 veces -es correcto. -matemáticas gramaticales -y que bueno, ensimismarse en mí mismo es un pleonasmo tautológico que me ayuda a definir palabras -sólo alguien muy inteligente puede decir ensimismarme en mi mismo y no quedar como un imbécil -en realidad soy un imbécil -... te llaman - aló...
Mocoso
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*La Gran Broma.– *Pronto los invitados entrarán en dolorosas convulsiones y
vómitos, como grandes y gordas ratas envenenadas. Y no será solamente en
este ...
GENEALOGÍA
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Charles Baudelaire engendró a Paul Verlaine, Verlaine a Arthur Rimbaud,
Rimbaud a Stephane Mallarmè, Mallarmè a Guillaume Apollinaire a Marinetti
que a s...
International bitch
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Han pasado 5 años desde el advenimiento y muerte de Crónicanada, casi 10
desde la incineración este DiarioImpresentable. Hubo intentos de
suplantación. Hu...
Gracias, Laura
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Gracias, Laura. Te agradezco con honestidad absoluta que juzgaras
necesario y urgente *corregir* el texto que publiqué el 20 de noviembre en
mi blog. Te l...
Mundo animal - El cariño de los tontos
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La extraña conciencia de la naturaleza como un ente en cambio permanente.
La lucidez de la transformación del cuerpo en aves, vacas, alimento. La
percepci...
Blog en Plaza Pública
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El equipo de Plaza Pública, una fantástica publicación digital, me invitó
a escribir con ellos. Me abrieron un blog, se llama Primer Testimonio y
pueden a...
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Bajo el vidrio del auto mientras conduzco: el viento, la milpa, el fútbol,
los hijos. Es increíble cómo se puede dedicar la vida a algo y aún así
hacerlo t...